Queridos amigos:
Seguíamos paralelos a la autovía, momento en que unas flechas tan resaltadas que debimos sospechar nos indicaron el desvío a Ventosa. Su única finalidad es que el caminante dé un rodeo (de dos kilómetros largos) y así haga gasto en el pueblo. Las disposiciones no deseadas de mi patrimonio (dentro del cual incluyo mi tiempo y mis energías) me enfadan sobremanera, y estaba algo adelantado, profiriendo insultos contra sus lugareños cuando Javi le soltó a Antonio: “Alberto está cabreado. Mira, dos banderas de España; ya verás cómo se le pasa pronto”. Ni la rojigualda lo arregló, y peor aún en contraste con la maravillosa gente de la localidad vecina, Sotés (con cooperativa vitivinícola al borde de la vía): hablo, claro, de la cordial familia Velasco.
Llegando a Nájera (29,70 km.), por las graveras y el río Yalde, adelantamos a una mole humana, que barruntábamos que debía de ser una auténtica “prima donna” del ronquido. Poco a poco, como un reguero, fue arribando el resto de peregrinos. En la puerta del albergue, al otro lado del río Najerilla, ejecuté mis habituales flexiones. Prefiero llamarlas ejercicios de realineación vertebral, si bien algunos pudieran tacharlas de exhibicionistas. Lo que es indudable es que desmoralizan a los otros caminantes. Una vez completado el aseo personal y la limpieza de la indumentaria, nos fuimos a comer al recomendado mesón “El Buen Yantar”. En la puerta, a Javi le vencieron las reminiscencias burgalesas e instintivamente iba a pedir dos cachis. Recapacitando, tomamos un menú del día bastante sustancioso, con caparrones y puerros por mi parte.
Como estaba previsto, Javi abandonó la expedición, con destino Burgos vía Logroño. Le conminamos a que repita, y aseguramos que ha sido un placer contar con su presencia. Hablando de joyas, la de esta localidad es el monasterio de Santa María la Real, que visité solo, puesto que Antonio estaba recuperándose de la fatiga. Recibe tal denominación por la fundación por parte un monarca y por albergar un panteón de dos dinastías que gobernaron en época altomedieval territorios alaveses, riojanos y navarros. Numerosas obras merecen consideración: las arcas funerarias (incluyendo la tapa del sepulcro de Blanca de Navarra, la de los licores), de estilo renacentista, la cueva de la leyenda (el rey se perdió de caza en pos de un halcón y una perdiz y los encontró en una grita donde había una imagen de Nuestra Señora, una lámpara y unas azucenas), con la Virgen de la Rosa, la sillería del coro, del gótico florido, el altar mayor, barroco, y la puerta del Árbol del Bien y del Mal, de tracerías caladas para acceder al silente claustro de los Caballeros. Lo que más llama la atención es que el recinto no está exento, sino pegado a la montaña, de forma que de la pared de la cueva nacen los nervios de la bóveda del panteón real, poniendo el énfasis en que ahí precisamente comenzó todo.
Para aprovechar la tarde, a continuación me fui a la piscina. Un vientecillo fresco motivaba que el agua estuviese álgida (no necesito recordaros que su acepción original es “la más fría”), de resultas de lo cual era único ocupante de toda una piscina olímpica. Machadas aparte, con doce largos me sobró para refrescarme y estirar la musculatura.
Todavía helado, fui a comprar el desayuno en un supermercado, y de ahí recogí a Antonio para oír misa en una iglesia de arquitectura moderna. Un atractivo de la ciudad reside en el mimo que ponen en los pinchos, con una variada y suculenta oferta. Nos tomamos el multipremiado “velero del Najerilla”, pero sí magret de pato con foie y unos boletus en su salsa, regados con San Miguel Selecta y Amstel Oro. En La Rioja saben cuidarse, indudablemente,
Alberto.
Queridos amigos:
Con la publicación de los escritos del Camino, mi amigo Antonio ha cobrado gran protagonismo, hecho que se acrecienta con el relato de su boda en el puente de San José en Segovia, la cual paso a narrar. Decidimos tomar las carreteras de la sierra (en Madrid no precisan cuál), en las cuales el pétreo paisaje de berrocales iba en detrimento de la línea recta. Pasamos por Navacerrada, el lugar desde donde sacan a unos ateridos reporteros cuando hay temporal de nieve. Sin más novedad, llegamos al hotel Los Arcos, cuyas habitaciones no descollaban por su tamaño, pero se veían bastante nuevas. Por copiosa que barruntáramos la cena, no fue óbice para tomarnos unas tapitas y un bollo. La ceremonia suponía la primera vez que me ponía chaqué, al haber sido nombrado testigo (privilegio que desde aquí agradezco), y no peco de inmodesto si destaco la elegancia con la que lo paseé, con un chaleco color arena. Se celebraba en la iglesia de San Millán, románica, francamente bella en su rotundidad, con el añadido de sendas esculturas de Aniceto Marinas, transidas de dolor. El sacerdote, quien no pasaba de la treintena, parecía sacado de MHYV o alguna agencia de modelos, según opinión de las presentes. Me encomendaron la lectura del salmo 102 (“El Señor es compasivo y misericordioso”), el cual tanto me ha ayudado en momentos de tribulación. Muy curiosas me resultaron la homogeneidad de los numerosos varones de la familia de la novia y la repetición en ellas de la cinta en medio de la frente, así como la firma por parte de todos los testigos de un ejemplar de la Sagrada Biblia (sin pretensiones de autoría, naturalmente). Un recóndito autobús nos transportó al anochecer al Parador de La Granja, para ubicarnos entre las mesas con nombres de películas y pasar al cóctel, del cual sobresalieron las bolas con foie y gelatina de Pedro Ximénez y las zamburiñas en el propio molusco. Para tratarse de dos abstemios (al menos, jamás les he visto empinar el codo), acertaron con las bebidas: vinos blanco y tinto castellanoleoneses, champán Möet y agua mineral Bezoya, que todo el mundo sabe para lo que es buena. También fue correcta su elección de menú, que a continuación transcribo: degustación de consomé de puchero con picatostes y huevo cocido, brocheta de rape y vieiras con verduritas y salsa de Martini blanco y soja, corazón de solomillo de ternera rosada con milhojas de hongos y jugo al oporto y mousse de chocolate con natillas de naranja y teja de chocolate. Abundaron los coreográficos grupales en el baile, el cual fue precedido por un entrañable vídeo sobre los contrayentes. Muy cansados nos retiramos, tras un intento de convertir el autocar en el camarote de los hermanos Marx y conversaciones “golosonas” entre dos que a poco no aplicaron en broma la archiconocida máxima “A partir de las cinco, si es tía, mejor”. Poco reposamos, pues el cortinaje no impedía el paso de la luz y quedaba el cuarto en pleno día. Para la comida del día siguiente, constaté lo imposible que supone organizar (y mover) un grupo grande y lo perniciosa que acaba siendo la búsqueda de la unanimidad, así que después de unas poquitas fotos con el Acueducto de fondo, dejamos Segovia por La Granja. Recomiendo sin dudarlo la taberna El Hábito (en especial, los judiones, las croquetas de espinacas y jamón o de gambas, las patatas rellenas de rabo de toro y los postres: tartas de chocolate y manzana, o biscuit de higos). Un paseo por los jardines del Real Sitio de San Ildefonso y sus fuentes pusieron punto final a la jornada dominical. Soy consciente de que he redactado con desapasionamiento, pero mi cariño por Antonio y su familia (padre, madre, hermana, tía y primos) es de sobra conocido. Gemma, te llevas un auténtico potosí…
Fijaos hasta qué punto llega mi aprecio que lo considero merecedor del epitafio granadino del Gran Capitán: “Su gloria no quedó sepultada con él”. Va por ti,
Alberto.
Queridos amigos:
Lo dejábamos en una situación que para sí hubiese deseado fray Luis de León: de tapas con los amigos. La cena sirvió para comprobar el efecto amplificador de los pensamientos combinados de tres varones heterosexuales: a poco que comentásemos de alguna, “ferretazo” (pillada) al canto; para que luego digan que el sonido no se propaga en el vacío. De escaso cerebro resultó mi acción de meterme en la boca una varilla de carne que hace nada había estado en contacto con las brasas (a mí jamás me ha ido el rojo vivo). Tomarme hielo y salir vapor, como en los dibujos animados, fue todo uno. También constatamos que las chicas jóvenes y monillas de provincias jamás salen solas, sino siempre con sus padres, para quienes que se tomen una caña sería impensabilísimo.
Llegó la hora de acostarse. Compartíamos habitación: Javi en el centro, en el flanco extremo Antonio y en el cercano a la puerta del baño, yo, por facilidades mingitorias. Después de las rarezas habituales, como tapar la señal de “encendido/prendido sin funcionamiento” (“stand-by” para los que se complican la dicción) o pertrecharse con los cascos anti-ruido, apagamos la luz, y ahí comenzó para mi hermano una noche que los clásicos del Siglo de Oro calificarían de “toledana”. Al parecer, y es la única mala lengua que lo atestigua, luego pinta falso testimonio, Antonio y yo roncamos, y nos entendemos tan bien dormidos como despiertos, por cuanto acaba uno el ruido, el otro le da la réplica. Harto de esos relevos, sintonizó Radio Vascongadas (creo que ellos utilizan un término vernáculo que, a medida que pasan las legislaturas, conlleva más extensión). En ésas estaba, ya muy tarde, cuando yo me desperté porque el sonido era considerable. Ni corto ni perezoso le tiré a Antonio una toalla en la cabeza, y se calló de inmediato. Las que sí se escucharon fueron las carcajadas “por lo bajini” de Javi, quien no se había atrevido a ello, porque no tenía hasta ese instante la suficiente confianza.
Quizá sea ahora el momento, antes de empezar a andar, de preguntarse si, a fuer de no querer quedarme escueto, haya resultado demasiado prolijo. El asunto es que esto lo recuerdo a la perfección, luego no era cuestión de omitirlo. Como siempre comenzamos con una oración de madrugada, puesto que en la bendición al peregrino piden a Santiago Apóstol que sea nuestra “guía en las encrucijadas”, y nosotros se lo rogamos a Dios para nuestra vida. En este mismo tono místico, me paré ante el oratorio de la Virgen del Rocío en el Parque de la Grajera (auténtico vergel) y recité la Salve del Olé, también en homenaje a “la más grande”. No creáis que el tono era religioso, puesto que desde la salida de Logroño hablamos fundamentalmente de tías (con sumo respeto, no os vayáis a pensar). Además, en ese campo las opiniones y experiencias de los tres no podían haber sido más distintas. Aproveché la presencia de mi hermano para alguna broma privada, como la de M, de Murrieta, en la avenida del Marqués de tal título. Disfruté mucho de esa jornada con él, porque aparte de su excelso sentido del humor, nos aportaba una visión en contrapunto a la de Antonio y a la mía, mucho más homogéneas.
No faltó el tiempo para la erudición, cuando en las inmediaciones de Navarrete, Antonio y yo nos tiramos casi una hora hablando de táctica, estrategia, armamento y geopolítica en la Segunda Guerra Púnica, y mi hermano mirándonos alternativamente y preguntándose de qué frenopático nos habían sacado. En ese pueblo, el de conato de abandono de Antonio la vez pasada (¡cuánta mejoría!) y el de las ruinas del antiguo hospital de San Juan de Acre (jerosolimitano recuerdo), me quité la camiseta en la fuente, y mi hermano, no sin razón, me dijo que ya había “desencofrado”, y es que “con el tiempo, las personas se amojaman o se ajamonan”. Abrazo gordo,
Alberto.
Queridos amigos:
Más que abrir la crónica, la descripción del menú del Danchari, un restaurante vascongado junto a la plaza de los Cubos, quizá os abra el apetito. El entrante fue una ensalada de queso de cabra con escarola y confitura de frutos rojos, y los platos principales fueron filetes de entrecot a la mostaza y una lubina a la parrilla con compota de tomate y cebolla asada, con una contundencia digna del insustituible Carles Puyol, para concluir con panchineta de hojaldre cubierta con chocolate caliente y un biscuit de higos con salsa de almendras (quizá sobrase), todos productos frescos y de gran calidad.
No nos dijo demasiado la exposición del Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid sobre “Arquitecturas pintadas”, al menos en su parte de la Sala de las Alhajas (de la otra también he escuchado malas críticas). Su faceta más entretenida es identificar los monumentos de las ciudades conocidas y orientarte a vista de pájaro. No podían faltar las vistas de Venecia, el lugar más fotogénico, por Canaletto y por Guardi.
Para que no falte el apunte provocador, no acabo de entender que si los políticos provocan las crisis y llaman a los tecnócratas para solucionarlas (casos de Grecia, Italia, y, en menor medida, España), ¿por qué no recurren directamente a los tecnócratas y nos evitamos a políticos y crisis? Para que luego digan que Franco no fue un adelantado…
Reconozco que, como “nadie se vuelve incapaz de un día para otro”, una vez superada la inercia de retomar la escritura, la redacción torna fluida. En mi familia también hay aventura, y con mi padre y mi madre alquilamos una “fragoneta” para transportar un sillón reclinable y unas puertas de una reforma para cambiar las de Torres de Montes. Ahora entiendo más la retribución a los carpinteros, aunque nada más sea para mover los elementos de madera maciza. Para protegerlas durante el trayecto, dejamos a los indigentes de Burgos expuestos al relente otoñal, por cuanto me parece que cogimos todos los cartones de la provincia. En un área de servicio de Castejón (Navarra) enseñaban dos locomotoras restauradas. Suena “gulímico” hablar otra vez de comida, pero las acelgas de mi tía Pilar recién cogidas y unos salmonetes de roca, con “minglana” (granada) pelada y buñuelos de nata conforman un menú sensacional. Al volver, nos desviamos a Arnedo a la fábrica de Callaghan, para comprar unos zapatos.
Aún no he incluido nada por mi deriva de recuperación de valores e instantes. En este caso, enterarme de una preciosa luna llena al verla en una pantalla de televisión antes que por mirar al cielo me llenó de desolación y me hizo pensar que la vida moderna prescinde de la sensibilidad de las cosas pequeñas y la sustituye por frenesí consumista.
Me arriesgaré con las dispares reseñas de esta semana:
- “The Barnum Museum”, de Steven Millhauser: más contemporáneo que la literatura inglesa que acostumbro, se maneja con soltura narrando historias cortas en varios planos, como un Cluedo donde los personajes del tablero tienen existencia aparte de los jugadores o una aventura apócrifa de Simbad desde la óptica del propio protagonista, un observador externo y un erudito lingüista.
- “El profeta Jeremías” y “Marrullería en la alcaldía”, de Francisco Ibáñez: con aclarar que son historietas de Mortadelo y Filemón, no hay nada más que añadir.
Pasadlo estupendamente, Alberto.
Queridos amigos:
Con excelente criterio os preguntaréis qué pintan a estas alturas las crónicas del Camino del año pasado. Esa misma cuestión me planteaba yo, habida cuenta que en el momento idóneo para su redacción (finales de agosto) estaba enfrascado en la redacción de las de la Jornadas Mundiales de la Juventud. Sin embargo, voy a esforzarme como homenaje a Antonio, mi compañero de años y años, quien va a contraer matrimonio en breve. Todos los párrafos iniciales de cada serie contienen obligatoriamente una referencia elogiosa hacia su persona, y éste incorpora una que ya escuchó en vivo tras una estrepitosa charla de otra mesa de peregrinos: “Tu silencio es mejor compañía que su conversación”…
Los recuerdos no serán frescos, pero confiemos en que hayan permanecido congelados hasta ahora, aunque a tenor de lo que voy recordando con mis notas, no estoy nada convencido de poder hacerlo. Empero, aplicando el viejo lema de la aviación española, "vista, suerte y al toro". Contábamos con la inusual, e ilusionante, presencia de mi hermano, quien quería probar una jornada de ruta con este par de “viejos” dementes.
Como nuestras circunstancias sentimentales han cambiado notablemente, las fechas escogidas se ciñeron al fin de semana largo del puente de Santiago (sábado, domingo y lunes), lo que reducirá la extensión. La organización fue un tanto precipitada, pues habíamos decidido volver ni siquiera con una semana de antelación. A ultimísima hora del mediodía del viernes, a punto de partir, recibí una llamada de Antonio pidiéndome otra mochila o bien diciéndome que esperase a que llegase de Segovia de ir a por ella. Como todavía es mayor mi sensatez que la aversión a estrenar cosas, tuve que emplear una mía más nueva (menos “ochentera”, para ser gráfico) y dejarle la antigualla (que será poco vistosa, pero posee la ligereza de una pluma). Entre el agobio por las prisas, el bochorno capitalino y la confusión de los diferentes enseres, cuando recogimos a mi hermano en Nuevos Ministerios, llevaba yo encima un fuerte soponcio (golpe de calor, según “el equipo médico habitual”). No contribuyó a la mejora la conducción de Antonio por la Nacional II, que, con ser segura, no fue todo lo sostenida que requería, sobre todo en la toma de una curva desviada por obras, que nos hizo rememorar las “chicanes” del Gran Premio de Mónaco. Pasamos por la localidad natal de Práxedes Mateo Sagasta, Torrecilla en Cameros. No me resistí a comentar que otro presidente del Gobierno, Baldomero Espartero (sus progenitores ignoraban el mal efecto de las rimas en prosa), quien murió en Logroño capital, fue regente de España un trienio, e incluso se barajó su candidatura para rey tras el Sexenio Revolucionario, a causa del enorme prestigio acumulado con haber puesto fin a la Primera Guerra Carlista (no en vano, él es el Príncipe de Vergara). Dejo de inmediato de divagar, porque lo mismo me podría poner a hablar de las formaciones calizas del trayecto si fuera experto en Geología o de las aves de mal agüero (cuervos y buitres que nos sobrevolaban) si lo fuera en Zoología.
A pesar de la absoluta desorganización en las mochilas, me recuperé un tanto, y hablamos de despedidas de soltero, un tema que parecía que iba a ser yo el primero en experimentar. Para compensar con ternura y castidad, sonó la música de “La vida es bella”. Abandonamos el coche de alquiler en un aparcamiento público y nos dirigimos a nuestro hostal, cuyas instalaciones eran de fonda remozada, pero calificaría su limpieza de escrupulosa. Sin solución de continuidad, nos paseamos, con un viento gélido para estar finalizando el mes de julio, hasta la vecina y celebérrima calle Laurel, estrecha y con bares a ambos lados, si bien el madrugón del día siguiente no aconsejaba excedernos en vinos y tapas. Así pues, me despido por el momento,
Alberto.
Queridos amigos:
En mi condición de catalán de nacimiento, por mucho tiempo que haya transcurrido (casi un semestre), no puedo más que dejar constancia de la colección “Polonia: tesoros y colecciones artísticas”, en el Palacio Real de Madrid. Ilustran la historia del país a través de pantallas táctiles interactivas, con un paralelo entre las dinastías y los eventos históricos-científicos-culturales. Me acordé de Nicolás Copérnico, con su “Mathemata mathematicis scribuntur”. Pone de relieve la influencia católica y de Cracovia, la capital previa a Varsovia (así, en las Vírgenes abrideras portátiles de la zona). No se limita a la decoración, sino que incluye sables de parada, armaduras de húsar (de la época de la victoria contra los turcos frente a Viena: 1683) y vestimentas típicas. Sin embargo, lo distintivo de la exposición eran sendas pinturas: “Niña en un marco”, de Rembrandt, que logra que traspase el espacio que la separa del espectador por su mano adelantada, y “La dama del armiño”, de Leonardo da Vinci (por primera vez en nuestro país), de una delicadísima factura y profunda penetración psicológica, y rebosante de muy alta clase.
Como hago siempre, y con los mismos resultados precarios, os sugeriré los New York Burger para cualquier cena. El trato fue bueno, la carne, de calidad, la variedad de combinaciones, amplia, los complementos, sabrosos, y la cerveza, Brabante. Se precisa reserva, eso sí. La valoración es positiva, puesto que es económico, para lo que ofrece.
El menú de esta crónica también incluye música. Cuando te regalan una entrada para el patio del Auditorio Nacional a tres cuartos de hora del comienzo de la función, lo menos que debes hacer es pagar el taxi para llegar a tiempo. Conseguido esto, la J.O.N.D.E. interpretaba un estreno del uruguayo Sergio Cervetti, más rupturista, con soprano y clavecín de solistas, sobre temas indígenas, mas no en contraposición o protesta a los colonizadores, sino tomando el folclore como fuente musical, y “Romeo y Julieta”, de Prokofiev, con la brutal pieza sobre la enemistad de Montescos y Capuletos, como apuesta segura. Hay que destacar la competencia de los instrumentistas de viento, por mucho que la bella flautista y el bestia clarinetista formasen una extrañísima pareja.
Ya que los lectores no se me agolpan, intentaré reflexionar sobre algo que se me ocurrió y se me antoja crucial en las relaciones personales, y es el dogma de la autoinfalibilidad. Cada uno, sin ser el Papa cuando se pronuncia “desde su silla” (por traducir el título), considera(mos) que nuestra opinión es del todo perfecta, definitiva e inmejorablemente fundamentada. Somos los directores de la orquesta de nuestra conciencia, podemos justificar cualquier decisión y aceptamos de fatal grado a los críticos que nos advierten de que desafinamos. También se manifiesta en que aplicamos nuestros sesgos, filias o fobias irracionalmente. Es legítimo tenerlos, pero no pueden nunca nublar nuestro entendimiento. Por ello, abogo por intentar ser objetivo y humilde (yo el primero, faltaría más) cuando repensemos lo que expresamos y actuamos, y rectificar, en su caso.
Vuelven unos clásicos:
- “De Oñate a La Granja (Episodios Nacionales 23)”, de Benito Pérez Galdós: deja a un lado el trasfondo histórico para centrarse en el novelesco. La interrumpida historia de amor vuelve a verse aplazada por el afán caballeresco del descarriado. El título cita los dos centros de poder, el carlista y el “cristino”.
¡Muacs! (otro retorno),
Alberto.
Queridos amigos:
Llevo un tiempo nada perezoso, y redacto abundantes crónicas, mas ignoro el (des)orden en el que aparecerán, lo cual lamento de antemano y profundamente.
Una exposición en Burgos me ha proporcionado el título literal (“vida de los romanos”), en latín en el original. Replicaba una calle de la urbe, con sus comercios e industrias, y lo más llamativo era su realismo, con sus paredes pintadas (una forma de publicidad) y sus olores (no especialmente agradables). También mostraban una “domus”, con sus diferentes dependencias. Lo peor de la visita fue la celeridad con que nos despacharon.
Para continuar sacando pecho, he de referiros que en el primer partido con Yonmoñaco igualé o superé mis goles de toda la temporada pasada (tanto y medio, ya que un defensa contrario y yo compartimos la autoría de uno). Apareciendo por zonas ajenas a las mías, aprovechando la subida de nuestro cierre en el primero y que su portero no era precisamente Águila Roja en el segundo, dos toques sutiles al palo largo, uno con el exterior de la derecha y otro con el interior de la izquierda, ante la nula confianza del banquillo, y pichichi momentáneo. Empatamos ese encuentro. De la siguiente jornada, lo mejor que cabe decir es que desempeñé un arbitraje impecable. Sin embargo, en la tercera volví a mojar, en un pase largo de nuestro guardameta hacia la banda derecha.
Tanto deporte da hambre, y mejor que las hamburguesas y perritos completos (esto es, rodeados de patatas fritas) que habitualmente ingiere el equipo, recomendaré Aynaelda, un restaurante de la zona de Campamento por el que merece la pena alejarse del centro para unos arroces, especialidad de la casa, junto con el maridaje, aunque no probásemos los vinos. Para cinco, entraron unos chipirones con ojilimoji de olivas negras, pulpo salteado con papas arrugás y mojo rojo, ventresca de atún ahumada a la pimienta sobre tomate preparado, arroz de hongos con ibéricos, arroz meloso con pez mantequilla, nubes de chocolate con caviar de hierbabuena y sorbete de fresa con ruibarbo (vale más el nombre que el postre) y tarta de queso con trocitos de galleta (sucede justo al revés).
El componente absurdo viene protagonizado por la Agencia Tributaria, más conocida por Hacienda Pública, con unas siglas bastante más representativas que AEAT (H.P., con perdón para mi amiga Ángela). No me habían pasado un plazo de una declaración de hace tres ejercicios tributarios, y me enviaron una providencia de apremio, con un apercibimiento de embargo si no ingresaba de inmediato un importe ligeramente superior a los 5.000 euros. Como no te queda otro remedio, lo hice, si bien recurrí el recargo (que no el principal de la deuda), pues el pago estaba domiciliado como correspondía y en ese momento había saldo suficiente en mi cuenta. Como no podía ser de otra manera, me devolvieron lo que pedía, y con intereses (inferiores a mil pesetas, para que me las gaste, y reactive la economía). Lo más esperpéntico de todo fue que cuando creía zanjada la reclamación, me llegó otro certificado, con el consiguiente desasosiego. Pues bien, no sé cuánto costaría, entre la parte proporcional del salario del cartero y del empleado en la estafeta de Correos, la gestión del envío y el valor de mi propio tiempo, pero me notificaban un aumento de ¡0,25€! en la cantidad a mi favor...
Os vuelvo a pedir, como cada trimestre, vuestra solidaridad cara a las donaciones de sangre. No afecta a la salud, os hacen chequeos y el amable personal ayuda un montón.
Gracias de corazón, Alberto.
Queridos amigos:
Si la última cena del año concluyó con “champín” (un engendro de bebida carbonatada y tintada para que los niños, o quienes no beben, brinden), por fuerza la posterior marcha había de resultar flojita, únicamente salvada por tres temazos en el Edén (“Last Christmas”, de Wham, “I want to break free” y “Hago chas y aparezco a tu lado”) y por la presencia de Luis Carlos, con antifaz como el Ruso para mimetizarse en el bar Moe’s.
Cuando despliegue el menú de Reyes, ya en Burgos, tras haber trabajado esa semana en Madrid, en casa de mi prima (“la Niña”), quedaos también con que ha resultado premiada (como reza el título, “admirablemente dicho” pues) a nivel nacional en el concurso de microrrelatos “Cross de Atapuerca”, en diáfano ejemplo de excelencia polifacética: filetitos rusos con queso, salsa barbacoa y pan de molde, ensalada de canónigos, lechuga, salmón ahumado, atún y huevo duro, torta de aceite, crema de trigueros con langostino y huevo, tosta de cebolla caramelizada y queso fresco, tosta de cebolla caramelizada con tomate cherry, anchoa macerada en vinagre de Módena y queso philadelphia, endivias con atún, salmón, punta de espárrago y chorrito de reducción de Módena, morcilla “de autor”, salmón de Islandia pescado por un amigo de la familia sobre mantequilla o brie, tosta de dos tipos de cabrales con nueces, tosta de paté de salmón, cabeza de jabalí, mouse de pato, chorizo ibérico y queso manchego (acabo aquí la profusión de aperitivos), solomillo con sal Maldon como “accesorio” principal (llenos ya), roscón de nata y crema, bombones, turrón de piedra y trufas, muy generosamente regados por un Pago de Carrovejas (Ribera crianza 2008) y cava 1+1=3, del Penedés. Injusto sería olvidar los desvelos por atendernos de Faustino, su marido.
Es evidente que la juventud da puntos, porque sus hijas, Mar y Ana, quienes habían participado como ángel y como la Virgen, respectivamente, en el belén viviente de Cardeñajimeno, nos pulieron a todos en el “Just Dance”, una especie de karaoke de baile de la Wii. Toda la familia jugó en esta tarde entrañable, incluida mi tía Rosario, que quizá sea la mayor. En lo destacable, Eli, jovencísima y reciente mujer de mi primo Ferrán; en lo olvidable, mi artrítica y arrítmica actuación, en duelo de colistas con Javi...
La exposición “Maderoflexia”, del escultor Humberto Abad, conservaba resonancias de Chema Madoz, por cuanto otorgaba un uso alternativo a los objetos cotidianos. No obstante, la obra más impactante es Descendimiento, en la cual presenta una mínima sección de la escena evangélica, con las telas usadas para bajarlo de la Cruz y un antebrazo lánguido, suficiente para captar el dramatismo de la Pasión de Nuestro Señor.
El singular y sonriente Moncho organizó una cena de las “Juventudes”, nombre que dábamos a un grupo de amigos durante el bachillerato y primeros años de la carrera, cuyas principales actividades eran (ojo) “jugar partiditos y decir garuladas”. Consistió en entrantes variados (ibéricos, ensalada de canónigos y setas confitadas coronada por un langostino y un milhojas de patata con hongos y foie), un confit de pato a la naranja y una crêpe de chocolate con helado de nata. Nos lo pasamos muy bien recordando anécdotas de esos tiempos, e incluso salimos a por unas copas/cervezas, desafiando ese airecillo gélido que es mucho mejor que el bótox para el cutis. Como parece que siempre estoy hablando de comida, recalcaré que corrí todos los días a la vera del Vena.
Poniendo punto final a la narración de estas navidades me despido,
Alberto.
Queridos amigos:
Se llama a esto un comienzo apabullante, con la comida de Navidad en mi casa: pimientos de Mallén rellenos de bonito y jamón ibérico, croquetas, tigres, jamón y salchichón ibéricos, espárragos blancos muy gruesos, vieiras con jamón, gambas, pescado y setas, sopa de puerros, cordero, pollo y setas de cardo pulverizadas, bacalao con tomate y pimientos, ternasco de Aragón a la brasa, tarta de soletilla y piña cubierta de nata y espolvoreada con chocolate, flan de café sobre manzana reineta asada, turrones y bombones, y una selecta carta de vinos y licores para digerirlo sin pesadez.
Como desengrasante, lamentaré la ausencia del especial de Raphael (sustituido por Ana Belén; los sociatas cejateros agotaron todos los plazos para seguir llevándoselo crudo), ya que sin el Tamborilero no empiezan las fiestas. Sin embargo, el zapear a otros canales nos brindó la oportunidad de despistarnos con Merche (“Tú sí que vales”).
La excursión al Pico Gratal comenzó con un penetrante olor a perro en el todoterreno del tío Pi, que compartíamos cinco personas (el conductor, un amigo suyo de Abiego, Cristian, mi hermano y yo) con cuatro cánidos, para encontrarnos con Blanca y una amiga fiestera y montañera al mismo nivel. Parte del campo de golf del Nueno-Arascués y requiere desviarse un corto trecho para ver el belén de barranco de las Gorgas, llevado por los de Peña Guara. La ermita de San Julián de Andría no es más que una pared que cierra el abrigo de una roca. Por no querer seguir una senda amplia y segura aunque diese un rodeo, nos pusimos a “jabalinear” (dícese de intentar caminar en línea recta, al menos en intención, por una inextricable superficie boscosa y de monte bajo, repleta de ramas de boj, matojos de aliagas y coscojo, que es una carrasca silvestre y con hojas punzantes; esto es, resumiendo, hacer el imbécil y acabar con las piernas como si hubieses intentando fornicar a traición con un gato furioso). El momento más embarazoso fue cuando me caí de espaldas sobre un matorral de brizones (que pinchan) del tamaño de una cama de matrimonio. No hubiese sabido salir si no hubiese sido mi turno de portar la mochila, pues no podía asirme a nada sin espinas. Me acordé del “bed of roses” del himno del Barcelona (el “We are the champions”, compuesto por los Queen) y del lecho del emperador Cuauhtémoc, amén de la familia de la guía. Disculpad si los nombres no son los académicos, pero recojo los que me aportaron los expertos en flora y fauna. No bromeo en calificarlos así, pues me hicieron advertir un “raro” quebrantahuesos en vuelo, diferenciándolo por la forma de la cola de los buitres que acabamos dejando por debajo de nosotros. Hollamos la cima, impresionados por la panorámica (Bolea y pantano de la Sotonera al suroeste, Ayerbe al noroeste, Loarre más al norte) y por las caídas remarcadas por los farallones de roca. La ascensión de Cristian fue tan rápida que le dio tiempo a pensar y plasmar en fabla una dedicatoria en el libro de visitas. Contábamos con un arsenal de comida (uno había subido hasta pepinillos en vinagre), sin olvidar las eternas magdalenas del panadero de Alcalá. Mi hermano nos amenizó la bajada con sorprendentes datos de expediciones de montañismo. Para no perder volumen, nos esperaban en casa morcilla de Burgos y patatas con setas y chorizo.
Para concluir con esta dichosa (en el mejor sentido, “reparad en ello”) semana larga en Torres de Montes, haré constar el apagón general de hora y media, durante el cual un precioso manto de estrellas titiló sin competencia, el amenísimo vermú de San Silvestre, al que se unieron Tinín y Sara, y la cena de Nochevieja (el plato principal fue solomillo de ternera con hígado de pato hechos en plancha eléctrica). Sed felices,
Alberto.
Queridos amigos:
Aunque tocaría sin más dilación hablar de las vacaciones de Navidad en Torres de Montes, “el más grande” pide paso, porque a los genios no se les hace esperar demasiado. Bien sabéis lo poco que me gustan los regalos, pero desde hace ya algunos años me obsequio siempre con un concierto de Raphael (y en total deben de caer siete u ocho). También conocéis que soy muy visceral, de forma que amores y odios son exacerbados. Así pues, me atrevería a compararlo con el Barça, equipo que a la sazón estaba ganando el Mundialito en tierras niponas. No especulan (tres defensas uno, “Volver a volver” sin micrófono el otro), son absolutamente fieles a su idea (juego de toque uno, y recitales entre dos horas y media y tres el otro), tienen hombres de absoluta confianza y probada fiabilidad (Valdés, Puyol y Xavi, por entresacar, que también podía haber puesto a Mascherano, Piqué, Iniesta o Busquets, uno, y su pianista y director de orquesta Juan Esteban Cuacci el otro), saben marcar la diferencia (Messi y “el niño de Linares” son los números uno en su campo), se están constantemente reinventando (nuevos esquemas tácticos uno, y ritmos iberoamericanos el otro) y jamás cesan de mejorar y ambicionar (más y más títulos, de momento, uno, y un sublime “Hablemos del amor” el otro). Podrán pasar por tiempos no tan excelentes, puesto que si piensas que “el mundo no es suficiente”, como reza el encabezamiento, mantenerse es harto difícil, y estaré con ellos “digan lo que digan”, pues “sont molts d’anys plens d’afanys”.
Basta de grandilocuencia y pasemos a tierras oscenses vertiginosamente, entre el AVE y un autobús cogido por los pelos que me escasean (inciso: es muy preocupante juntarse en el club con tus quintos, porque llegamos a coincidir hasta seis “moribundos capilares”). No se hablaba de otra cosa que de la lotería, en la que había sido agraciado Grañén, que dista poco más de veinte kilómetros, con infinidad de anécdotas, desde uno del pueblo al que le ofrecieron tres veces el Gordo, hasta otro que llevaba dos décimos y es quien menos lo necesita, pasando por el doble sentido que se otorgaba a “tapar agujeros”, los pellizcos repartidos por las amas de casa de Sodeto (localidad de colonización), el dueño de un bar que no consiguió vender dos series enteras, las cuales tuvo que quedarse y le han cambiado la vida, o el agotamiento de los inventarios de vehículos de alta gama en los concesionarios de la provincia de un día para el siguiente (con la inmediata burla de los de Tardienta, más afortunados, a los de Almudévar, lugares picados de continuo: “Queridos vecinos: vendemos coches de segunda mano”).
Como voy a desplegar en las crónicas venideras sucesivos menús de tanta calidad como copiosos, en mi defensa declararé que fui a correr todos los días por las Cambletas, la mitad acompañado de mi hermano, e incluso un día con Cristian dimos la “vuelta larga” hasta la autovía (Velillas), donde se alza la Peña Mujer, de semejanzas fálicas y símbolo de fecundidad, siguiendo por San Miguel y no tomando la carretera desde el Plano sino continuando en dirección Blecua. Para que os repongáis del esfuerzo, os cuento la cena de Nochebuena en casa de mis tíos Pascual y Pilar: brochetas de calamar y gambas, vieras rellenas gratinadas, langostinos a la plancha con ajo y perejil, lenguado relleno de gambas, saquitos de setas, hojaldre de dátil y carne, tigres, patés de caza, empanadillas de pescado y zanahoria, espárragos, cardo con bechamel, almendras y bacalao (mi gran debilidad), bacalao con tomate y pimientos, ternasco al horno (casi conoces el nombre de pila del cordero), pasas de moscatel y orejones, turrón de chocolate y almendras, almendras tostadas, sin que faltase clarete y vino viejo para que atravesase el gaznate.
Abrazos y besos gordos, como es menester, Alberto.
Queridos amigos:
Es acostumbrada táctica mía enviar las crónicas que contienen un menú vecinas a la hora de la comida, como éste de mi cumpleaños, más sofisticado que años anteriores y, sin duda, mejor presentado, lo cual no prejuzga sabor o contundencia: mini-volovanes de lechuga, mahonesa y atún, y de salmorejo con tirillas de jamón, morcilla de Burgos, chistorra de Navarra, banderillas, galletitas saladas, mousse de pato con mermelada de cereza, empanadas, tortilla de patata, empanadillas de solomillo, manzana y cebolla, chorizo ibérico, mini-hamburguesas de elaboración casera, selección de quesos (brie, emmental, de bola, curado, semi y de cebolla caramelizada) y panes (regañás, biscotes, baguette, rústico) con uvas y nueces, pastelitos, bizcocho, Mahou clásica, cerveza de trigo, refrescos y copas para el que quedase sediento, junto a la simpatía del anfitrión.
Las semanas previas a Navidad son, aparte de comilonas, de villancicos, como el concierto benéfico de las antiguas alumnas de un colegio religioso. El resultado fue sencillamente estupefaciente (perdón por la rima en prosa). Entre las cantantes, “venerables” señoras con un común peinado a base de laca que permitía percibir un agujero a la capa de ozono justo encima, el "peculiar" director de coro y una coreografía a base de sombreros de purpurina de colores, me hicieron pasar un rato francamente entretenido, no exento de musicalidad. Así, la primera canción era un Ángelus, de manera coherente, pues ahí empezó todo, y se bisó el “Naranjicas Doradas”, tradicional español, con esdrújulo estribillo, para que todos participásemos.
Para que veáis que no sólo sé reírme del resto, sino que también de mí mismo, os contaré que subiendo en pantalón corto a jugar con Yonmoñaco, dos chavalitas de unos veinte años y de buen ver que iban detrás de mí se pusieron a exclamar “¡Qué tío; esto sí que es un hombre!”. Nunca han abundado los piropos a mi físico, aunque en una época existieron, con lo cual me extrañé mucho (como describe el encabezamiento, “todo lo parece estupendo al que lo desconoce”), a pesar de llevar las piernecitas al aire en un ambiente gélido, por lo que miré a mi alrededor y descubrí la causa: una fotografía a tamaño natural de Cayetano Rivera en la marquesina de autobús. Ya me parecía a mí…
Volviendo al tema de las escolanías, la del colegio del Recuerdo amenizó la tradicional “Copa del Gobernador” en el fastuoso patio de operaciones del Banco de España, con mejores críticas que en años precedentes. El cóctel, a continuación, no sufrió recortes.
Un par de líneas me bastan para consignar la exhibición de orquídeas en la Rosaleda del Parque del Oeste, muy vistosas, pero con finalidad mucho más comercial que didáctica
Con el fin de que no todo sea fiesta, copiaré un fragmento del teresiano Camino de Perfección que reformula las inquietudes espirituales de San Pablo: “¡Cuán diferentemente se inclina nuestra voluntad a lo que es voluntad de Dios! Ella quiere que queramos la verdad, nosotros queremos la mentira; quiere que queramos lo eterno, acá nos inclinamos a lo que se acaba; quiere que queramos cosas grandes y subidas, acá queremos bajas y de tierra; querría quisiéramos sólo lo seguro, acá amamos lo dudoso”.
Soy algo desastroso: asomado a febrero, sin haber narrado las vacaciones en Torres de Montes, con las actividades de otoño pendientes, las crónicas del Camino y Barcelona en blanco y nada de literatura. Confío en que me disculpéis,
Alberto.
Queridos amigos:
Uniendo la terminación de la crónica anterior al comienzo de ésta, consigo no perder el hilo de las previas y narrar acontecimientos recientes, a costa de postergar los que llevan ya mucho tiempo en el tintero. El tema de enlace es el belenístico, y hay que comenzar por quizá el más antiguo, que es el de la Encarnación, barroco de Nápoles, semejante al juguete de una niña (figuras vestideras y articuladas), pero en realidad regalo de los nobles padres de una novicia a las agustinas recoletas, flanqueado por tapices sobre los Hechos de los Apóstoles, con motivo del cuarto centenario de la fundación. El de la Arzobispal Castrense era únicamente un misterio (recordemos que María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, en su primer y último invierno en España, introduce la Epifanía además de la Sagrada Familia para conformar los belenes monumentales). Hijo suyo sería el futuro Carlos IV, para quien se elaboró el Belén del Príncipe, expuesto en el Palacio Real (paradójicamente, todo su personal es inmigrante), caracterizado por espectaculares escenografías (intervino Vicente López, pintor de cámara) y por la profusión de figuras (unas 6000) que incluyen tipos populares de gran realismo y expresividad (hasta lo grotesco o desagradable), y en el cual el Niño está recostado en las ruinas de un templo clásico. En contraste, por su sencillez está el de las Carboneras, procedente de Quito, detrás de la reja de la clausura y en el cual el tamaño de los personajes variaba en función de su importancia. En San Ginés, donde estaba ensayando su organista, en cambio, portaban ricos ropajes. La conexión es inmediata con el del Ayuntamiento de Madrid, donde puede apreciarse la reforma “faraónica” del oneroso déspota Gastardón, ministro de Justicia opuesto a esclarecer la verdad de los asuntos opacos de nuestra “democracia” (sin ir más lejos, el 11-M). El de la Comunidad lo superaba (como puse en el libro de visitas, Espe hasta eso lo hace bien), con su puente con pretiles, su manantial de la roca y su pueblo en cierto modo idealizado, aun dentro de un enfoque naturalista, “a semejanza de la realidad”, como dice el título. Está presidido por una genial y contraintuitiva frase de Gaudí: “La originalidad consiste en volver al origen”. El de San Francisco el Grande, en la misma línea, estaba mucho menos animado. El antepenúltimo es el de San Miguel, con San Josemaría en una esquina bien visible, para que se note la proporción, el despliegue de medios y la atención por el detalle. Resulta muy didáctico el de la Almudena, amalgamando los relatos de Mateo y Lucas. Contaba con efectos de luz y sonido y una aparición nebulosa del ángel. De radical modernidad preparó Telefónica su árbol de Navidad, a base de ferrofluido, una sustancia viscosa negruzca que se magnetizaba de manera cambiante.
Acudí a una vigilia de oración donde se recreaban las postrimerías de San Juan de la Cruz el fin de semana previo a su festividad en la parroquia de los Carmelitas Descalzos en Plaza de España. Un ordenador repasaba su iconografía, mientras que se turnaban lecturas de sus poemas con un cuarteto de música renacentista y barroca, e incluso sus textos cantados con acompañamiento de guitarra. La única mácula es que los narradores no vocalizaban lo suficiente y que el volumen era reducido para la amplitud del recinto.
Para romper un poco con la espiritualidad que emana de los párrafos precedentes, haré constar el bacalao a dos salsas (vizcaína y pil-pil) que me sacaron para que probara ambas en Cupela, comiendo con los compañeros del trabajo. Con los de la peña del Ttoro, de ICADE, me metí entre pecho y espalda una fresca lubina de (doble) ración.
Sed buenos,
Alberto.
Queridos amigos:
Tan excepcional es escribir una crónica monográfica sobre Burgos como redactarla con una relativa inmediatez, aunque vaya aparecer al cabo de un mes. Fuimos a conservar el cutis con ese fresco tan sanote que caracteriza a la “cabeza de Castilla”, donde una expedición de pingüinos se vio forzada a comprarse pellizas al cuarto de hora de visita.
Trajeron una exposición de Diego Rivera. Obviamente faltaban muestras de su producción más representativa: los murales. El programa hacía hincapié en su faceta revolucionaria, lo que en el Méjico de la época no era más que ir a favor de corriente. Sí que sirve para reflexionar sobre la relación entre las vertientes ética (realismo social con proletarios, campesinos e indígenas) y estética (con su etapa cubista) del arte y el artista.
La mañana invitaba a desplazarse hasta la Cartuja de Miraflores. Es curiosísimo cómo vuelvo a descubrir las maravillas del “asiento real” (traducido del escudo) con la ilusión del turista. Fue fundada por Juan II, encargándose los planos a Juan de Colonia, que traza con elegancia una iglesia de una sola nave dividida en diferentes espacios según los ocupantes (padres, hermanos y fieles, según terminología monacal; el título, de “Feliz puerta del Cielo”, corresponde a una de las delimitaciones). Contiene obras muy destacables, como la estatua de san Bruno, quien instituyó la Orden, de Pereira, una “Anunciación” de Pedro Berruguete, con un interesante estudio de perspectiva y una gracilísima Virgen castaña, o una “Elevación de la Cruz”, de Sorolla, pero Gil de Siloé los opaca con dos genialidades. La primera es el retablo policromado, que prescinde de la tradicional división en cuerpos y calles para diseñar un bloque repleto de significado espiritual. La segunda son las tumbas en alabastro del rey y su esposa, en el centro y sobre una estrella de ocho puntas, y de su hijo el infante Alfonso, adosado a la pared, ambas con ricos atavíos y profusa decoración. De ellas salió la Virgen de la Leche, figura de gran devoción por la comunidad y que se exhibe en una estancia al fresco. Una constante acá es el simbolismo del pelícano, que vierte su sangre por sus crías, a semejanza de Cristo por los hombres. También cuentan, en la sala dedicada a los fondos bibliográficos, los expolios sufridos (soldados franceses y potentados de aquí) y la dispersión del patrimonio por el mundo. En la actualidad viven en clausura y preparan rosarios cuyas cuentas son pétalos; de ahí el potente olor a rosa que impregna el recinto.
San Pedro de Cardeña, de tanta vinculación con el Cid (hogar de su familia durante el destierro y cámara mortuoria hasta su definitivo traslado bajo el Cimborrio de la Catedral, insuperable lugar de reposo, donde se funden Historia, Arte y Eternidad), es llevado por los cistercienses. Nos atendió un fraile que únicamente databa por sustracción desde el presente, sin dar referencias absolutas de fechas, con la cabeza llena de números y con una comprensible preocupación por el oneroso mantenimiento del monasterio. Tan precario es su estado que, aun teniendo varios Riberas y un Juan de Juanes, han recurrido además para zonas menos protegidas a producciones modernas de otros monjes (así, un trampantojo con la Santa Faz o una pila bautismal en azul Klein).
Supongo que os habrá entrado apetito, luego os sugiero por ejemplo una crema de calabaza y gambas y unas carrilleras de novilla con boletus para comer, y unos salmonetes como hipopótamos y anchoas como chanquetes (en contraste) para la cena.
Hago constar un fabuloso belén a base solo de clicks de Playmobil en un escaparate y un cálido mercadillo navideño antes de despedirme, Alberto.
Queridos amigos:
Si los cálculos no me fallan, ésta debería ser la primera crónica del año. Espero que hayáis pasado unas vacaciones familiares y entrañables como las mías. Toca describir la boda de mi amigo Raúl (a quien conozco desde los trece, que se dice pronto, en el colegio La Salle, y con quien comparto adecuada estatura y apreciable porte) con Elena.
Un aspecto extraordinariamente satisfactorio es que no sé cómo me las arreglo pero los contrayentes se deshacen en atenciones con nosotros. Me encuentro plenamente integrado incluso en el núcleo familiar, lo que agradezco sobremanera. Tanto es así que ya el mismo viernes salimos de tapas con ellos cabe (junto a) el Iruña Park, donde estábamos alojados, y éramos los únicos sin vínculos de sangre. Lo mismo ocurrió el domingo, con su hermano Dani (a su vez amigo del mío), su mujer Ana, su prima Esther y el marido de ésta, Enrico (italiano, un auténtico fichaje y un prodigio de extroversión).
La ceremonia tuvo lugar en la iglesia de San Nicolás, a la cual nos llevó el autobús del equipo de baloncesto local, asumiendo que éramos longilíneos. Acertaron en la elección de la música, ceñida a soprano y órgano. La mayor dificultad a la que se enfrentaron fue el olvido de las gafas por parte del celebrante. Me reencontré con compañeros del bachillerato, a quienes había pasado un cierto tiempo sin ver, como Regalado y sus patillas, Arribas sonriendo pícaramente y el locuaz Nacho, y sus respectivas parejas.
En tierras navarras, esperábamos una comida para disfrutarla a dos carrillos, como así fue: salteado de verduras y foie caramelizados con puré de melocotón y balsámicos, hojaldre de mantequilla de vieiras acompañado de compota de pera y láminas de langostinos, ensalada de bogavante, alcaparras, guacamole y hortalizas pochadas, sorbete de mojito para desentumecer, solomillo de novilla guarnecido de refrito de jabugo y vinagres viejos y cilindro de naranja rodeado de cremas heladas de limón verde y mango. Escogieron toda la gama de Chivite para los vinos (sorprendente el Chardonnay). El complejo Baluarte está situado frente a la Ciudadela, impresionante y sólida fortificación de finales del siglo XVI, bordeada por el Camino de Santiago y construida como parte de un sistema preventivo de eventuales invasiones francesas, como la de Jaca. Una vez que he sacado mi lado “purista” (imbécil pedante), prosigo.
El baile era en un salón con vistas hasta mejores de ese recinto, y abundó en rancheras alegres (al comienzo, una de cada tres, sin exagerar). Me puse eufórico con dos grandes canciones: “La de la mochila azul”, que “lo petó” en Torres de Montes ese verano y el españolísimo “Viva el pasodoble”, de “la más grande” (Rocío Jurado), aparte de con clásicos grupales como “YMCA” y “I will survive”. Sirvieron una recena contundente, para reponer fuerzas perdidas, a base de canapés, huevos fritos y chocolate con churros.
Empleamos el día siguiente en visitar la ciudad. No contentos con el atracón previo, nos desayunamos un bocadillo crujiente de jamón ibérico en “Viandas de Salamanca” y algo de bollería. En la catedral me pararon unas seguidoras que merecen el calificativo de señoras: setenta y muchos y de las que saludan dando la mano y presentándose por su nombre y primer apellido. Pamplona desprende “perfume Monseñor”, puesto que la planificación urbana está supeditada a la universidad y la clínica, con edificios residenciales para profesionales de alto nivel (no para obreros), con avenidas anchas y numerosas zonas verdes (riberas del Arga y parques de la Taconera y de Tamagochi, perdón de Yamaguchi).
“Gocen pues los bien nacidos”,
Alberto.
Queridos amigos:
La cita más obligatoria de la semana laurentina es la cena del día 10 de agosto en Huesca en casa de mis tíos Juan José y Tere. Este año tampoco escatimaron ni en cantidad ni en calidad, como ninguno: salchichón y jamón ibéricos, queso curado, empanada de atún, patés de oca por un lado y de pato y uva por el otro, pimientos asados con ajo, pudin de marisco, sopa de carnes, bacalao con tomate, cordero al horno, natillas de leche de cabra y tarta de yema, excelentemente acompañados por clarete y tinto ecológicos (producción propia), y dos bruts de Codorníu (Anna y Non Plus Ultra).
Algo han cambiado nuestras costumbres noctámbulas, por cuanto pasamos mucho más tiempo en la plaza del Mercado (López Allué). Las orquestas suelen ser de las de elevado presupuesto, con gran parafernalia de sonido y componentes. Alguna descuella, como la que programó sin solución de continuidad a “La última cuenta atrás”, de la banda Europa, un popurrí del grupo ABBA (probable homenaje sueco a nuestra métrica), “Física o Química”, de Los Olvidadizos, y una sucesión de bandas sonoras, entre las que se encontraba El Equipo A (inolvidable conclusión habitual en una “casa pública” de Nottingham), todos ellos fragmentos dignísimos de la mejor fiesta nupcial.
Me hallo ahora en una encrucijada, pues preferiría dedicar más espacio al enlace al que acudimos en Pamplona en mitad de los sanlorenzos y no sobrecargar con toques gastronómicos, máxime cuando la vertiente cultural ha quedado por el momento vacía. Además, he de anunciaros que tengo intención de confeccionar series de crónicas de dos acontecimientos (el Camino de Santiago y la visita a Barcelona), aunque hayan de ser publicadas en 2012. Es el gran inconveniente de redactar el otoño antes del verano. De todas formas, la misión de estos escritos es salvar del olvido instantes para recordar…
Ya casi tenía olvidado que me quedaba por cobrar un premio de Veo 7, por el Trivial Pursuit grabado en febrero y emitido en marzo. Todo apuntaba a que, a causa de las dificultades económicas de la cadena, no lo iba ya a percibir, pero con retraso, de forma farragosa (lo normal es mediante una transferencia) y remoloneando, había fondos en su cheque. No es gran cosa, como os dije, mas estaba conseguido en buena y honrada lid.
Sí que es actual la reseña de la película “Jane Eyre”. Como muchos de los cien (aprox.) clásicos populares Penguin que descansan en la biblioteca del salón de Torres de Montes, no tenía reciente la novela, si bien me ayudó a recordar los aspectos esenciales. La selección del cuerpo de actores me satisfizo, porque aportan componentes turbios y amenazadores (Rochester), de rectitud inflexible (St. John), de haber sido curtida por el dolor (la frágil protagonista) y de integridad en su sitio (Fairfax, interpretada por la incomparable Judi Dench). La versión original contribuyó a refrescar mi oxidado inglés.
No voy a hacer balance del año. Sin duda lo peor ha sido el fallecimiento de mi abuela Ana, para mí una auténtica “imagen de la verdad” en todos sus comportamientos. Como homenaje público (me reservo el íntimo), copiaré unas líneas del Camino de Perfección, de Santa Teresa: “Quienes de verdad aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosas que sean dignas de amar”.
Feliz Navidad y mis mejores deseos para el año que entra,
Alberto.
Queridos amigos:
Ya que nos ponemos a rescatar jornadas que salen de lo corriente, describiré la excursión a San Martín de la Val d’Onsera. Se accede por el llano de Loporzano, no lejos de Huesca, y si podéis hacerlo en un todoterreno y con rancheras de música de ambiente, ya os parecerá el colmo. No es un trayecto largo, pero sí es intenso. Lo frecuentan escaladores (por cierto, ni un duro del dinero de los contribuyentes para rescatarlos a ellos o a los montañeros; arbítrese un sistema de seguro privado para estas eventualidades). De los que nos apuntamos, había dos clases: los que teníamos una aparente prisa por llegar (Cristian y yo) y los que no (Piñero y mi hermano). Cansa porque subes y bajas barrancos y laderas, y a veces se hace imprescindible asirse a la sirga. Más que lo recóndito del monasterio, lo que impresiona es la cascada de agua que cae desde unos treinta metros sobre unas piedras y cuya agua, encauzada mediante medio tronco vaciado, sabe a montaña pura. Tocamos la campana del recinto, pues la tradición apareja fortuna a esta acción. A la vuelta pasamos por la inacabable presa de Montearagón, la cual ha de llenarse y vaciarse tantas veces que se duda que alguna vez entre en funcionamiento, dado el escaso caudal que la abastece. Para reponernos del esfuerzo, en casa nos esperaban patatas con chorizo y níscalos, compartidas con Salva.
Antes de meternos de lleno en los sanlorenzos, consignaré un menú de una cena cualquiera con mis tíos, en las cuales el “charrar” es la especia que todo lo sazona, dándole el inconfundible sabor de la familia: huevos rellenos de bonito, tomate con aceite y ajo, bonito con pimiento, canelones de bonito, cabrito, melón, flan y helado. Apreciaréis el denominador común del bonito, que habíamos traído desde Cantabria, y que todos los productos son de máxima calidad y de temporada. Proviene de comilonas como éstas mi incipiente barriga, por mucho que consiguiese la media de cien largos al día en la piscina de Torres, con diferencia la obligación más placentera en vacaciones.
De las marchas, cada vez hay menos que contar, porque en comparación, de cualquiera de nosotros podría predicarse la frase del título (“Está acabado”). Aun así, siempre es grande el día del chupinazo, con doce horas de jarana sin solución de continuidad, sidras incluidas, rematando con ingestas alimentarias no completamente sufragadas en “1900”.
Mi hermano dice que todo el mundo (y más un cronista) debería llevar una libreta para apuntar lo que denomina cinematográficamente “cortos” (frases, anécdotas o situaciones que merecen ser inmortalizadas). Sin estar yo presente, me refirieron la de un convecino que espetó a una chica “casquivanidosa” cuya inconsciencia era patente “Tienes más tetas que talento” (en la zona, sensatez, sentido común). Sí que me hallaba cuando dieron (no personalizo porque fue alguien indeterminado o irrecordable, la voz del pueblo) la mejor recomendación lúdico-gastronómica que he escuchado en mi vida, y que debería repetir cada noche cada persona (chica o chico, ni siquiera una sombra de misoginia) que sale: “No calientes más que lo que te vas a comer” (subrayado, negrita).
El concierto más exitoso fue el de los Inhumanos, recordándonos épocas de inicios de los 90. Con muchas juergas a las espaldas, su gamberrismo, unido a que no se precisa demasiada voz para cantar el duba-duba, conectó instantáneamente con la concurrencia.
Ya que estamos con sentencias aragonesas, una con la canícula del momento: “Id por la sombra”,
Alberto.
Queridos amigos:
Me da una pena inmensa dejar en el tintero eventos del pasado verano, por mucho que haya transcurrido medio año (o más, en función de cuándo vayan saliendo las crónicas), con lo que iré relatándolos, aunque contrasten con los fríos madrileños de esta época.
He de referir la visita a Santander, ya con el cielo despejado, unos pocos días después de los dos de aguaceros constantes y significativos que tuvimos durante las vacaciones en Noja y que fueron bien empleados en trabajar en familia, pues en el fondo es el equipo más compenetrado. Desde que han retirado la estatua ecuestre del Caudillo, han perdido mucha solera, tanta que la Plaza Porticada, sede de las fuerzas vivas, entre las que se contaba la fusionada Caja Cantabria, estaba ocupada por los “indignados”, con ese peculiar rastro olfativo que provoca la falta de higiene. Uno de sus principales enemigos es el Banco Santander, cuya sede social se encuentra en el Paseo Pereda, mas cuya dimensión y poder de decisión trascienden reguladores, gobiernos y fronteras, en escasas ocasiones para bien (consiguió que el Ejecutivo en funciones, con la anuencia del entrante, indultase a su consejero delegado, y a callar). Anduvimos por el dique de Gamazo y la Escuela Universitaria, con disciplinas marítimas, para seguir la bahía, cuya entrada vigila la isla de Mouro, hasta la península de la Magdalena. El palacio, de estilo anglo-francés (con dinero se amigan hasta los enemigos irreconciliables), fue regalado a Alfonso XIII por suscripción popular (como curiosidad, allí se rueda “Gran Hotel”, de Antena 3). Las playas que lo flanquean son la de los Camellos (no de drogas, sino por una roca enorme con esa forma) y la de los Bikinis (porque ahí se vio esta prenda por primera vez; aunque ese nombre fue una llamada de atención contra las pruebas nucleares francesas en el Pacífico). Disponen incluso de campo de polo (¡cómo se nota que no son los jinetes los que corren!) y de mini-zoo. Observé la reacción de las foquitas cuando les tiran las sardinas o cualquier pescado y me di cuenta que reacciono igual cuando me ponen anchoas/boquerones. Sin embargo, los viajes ocupan un lugar preferente en los jardines, y pueden verse las réplicas de las carabelas y las balsas con las que Vital Alsar efectuó travesías transoceánicas (sorprende su fragilidad, a la par con su efectividad) o desechados proyectos de bote salvavidas con forma de platillo volante.
Trasladándome a tierras oscenses, ocupa lugar preferente ya por uso asentado la Feria del Vino de la Denominación de Origen Somontano, en Barbastro. Funciona a base de cupones que se canjean ora por caldos en las casetas centrales, ora por condumio en las del derredor. Como habitualmente, me encargué de llevar el bote con un resultado óptimo, ya que no se había visto más rendimiento, con las copas de después incluidas, desde la doble multiplicación evangélica de los panes y los peces. Para la propaganda, me tomé la molestia de anotar las botellas que consumimos, que fueron: De Beroz (el ganador, arrogándome portavocía de la cata) y Reis d’Isábena blancos, Idrias y Obergo tintos y Aldahara rosado (viernes), y Bestué tinto, y Estada y Olvena blancos (sábado).
Un libro sombrío esta vez:
- “Great Horror Stories”, de varios autores: no es propiamente una selección de relatos de terror, sino más bien de misterio. El gigantesco volumen incluye una joya macabra de Balzac, páginas sobrecogedoras de Wells, parodias de Irving y Mérimée o clamorosas imitaciones detectivescas a Conan Doyle, entre otras.
Siento el desfase de estaciones, pero “la distancia hace aumentar el respeto”,
Alberto.
Queridos amigos:
Justo antes de las elecciones generales, vividas como siempre con mi amigo David, dejábamos las crónicas conmigo henchido de orgullo y con subida virtual de varios centímetros de estatura tras escuchar el himno nacional. No es mi costumbre esconderme a la hora de comentar temas candentes, luego hablaré de los resultados, que deberían preocuparnos, y mucho: el P.P. sólo sube algo más de medio millón de votos (y encima ha aumentado el censo), siete millones de personas siguen votando a un partido que nos ha hundido, luego ¿en qué demonios están pensando?, los cavernícolas de Izquierda Unida han más que quintuplicado sus representantes, al “comando Madrid” le hemos puesto un piso franco de siete habitaciones, en Cataluña arrasa un partido ajeno a la unidad nacional y al esfuerzo fiscal de todos, la ley electoral arroja números vergonzosos en cuanto al cociente escaños/votos (UPyD)… Lo difícil empieza ahora.
Tampoco puedo alejarme de las misas, porque asistimos en la iglesia de Santa Teresa y San José, en Plaza de España, en el día de la titular de la parroquia, a una celebrada por el Eminentísimo y Reverendísimo cardenal emérito de Sevilla, monseñor Carlos Amigo Vallejo, O.F.M. (franciscano). Recibir la comunión de alguien que ha obtenido votos en un cónclave (el pasado) es cuando menos motivo de comentario, pero quedaría en mera anécdota si no nos hubiésemos fijado en su mensaje, realzado por un porte alto y fuerte, una voz penetrante, honda, grave y proyectada, y unas palabras llenas de convicción y sinceridad cristiana. Ahora que hemos entrado en el escenario, quisiera compartir los pensamientos (“retuitearlos”, porque si no empleas este vocabulario eres de pleno un carpetovetónico) de la santa abulense sobre el perdón. Nos dice que nosotros creemos que nos sacrificamos mucho perdonando, cuando quizá no se nos hayan infligido ni ofensas ni agravios, y que no lo ponemos en perspectiva con la conducta de Cristo, quien murió para nosotros fuésemos perdonados. También afea que pidamos ser perdonados por Dios porque hemos perdonado a nuestros semejantes, cuando el camino es justo el inverso: porque hemos recibido Su perdón, debemos perdonar al prójimo.
No sé si aprovecharán a alguien estas reflexiones, aunque en ello confío. Lo que a creyentes y no será provechoso es la recomendación de Estado Puro, el local de Paco Roncero (el chef del Casino) frente a Neptuno. Es toda una referencia de la cocina española, y la factura lo nota. Las berenjenas con miel de Jerez y las minihamburguesas con mostaza a la antigua compensaron de sobra en el paladar el disgusto para el bolsillo.
Saciada el hambre física, pasaré a la cultural, con la exposición de Delacroix en el CaixaForum, con la colaboración del museo del Louvre, imprescindible dado el volumen de obras. La guía destaca “Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi” (sobre un episodio de su lucha por la independencia con los otomanos), “Mujeres de Argel en sus habitaciones” (por un viaje al Magreb en el que pasó por la Península) o un boceto para “La muerte de Sardanápalo”, pero yo me quedaría con un esbozo para la “Caza del león”, donde consigue transmitir con una paleta de amarillos, rojos y naranjas y una pincelada circular una sensación de fragor y movimiento. Ha trascendido de los neoclásicos, quienes captaban pausas en el tiempo (Jacques-Louis David), para plasmar el dramatismo en sus composiciones. Conocéis que tengo en mi salón su “La Libertad guiando al pueblo”, a la cual hemos tenido que añadir la firma Arnaiz para no levantar sospechas de los conservadores. Da la impresión de tener claro que iba a triunfar en la vida por su talento (y trabajo). Aporta información sobre sus inspiraciones literarias.
¿Tan pronto el final de la página? “El tiempo transcurre irremisiblemente”,
Alberto.
Queridos amigos:
El lapso bimestral va a provocar, entre otras cosas, un caos secuencial de eventos. Comienzo esta crónica en casa, gracias a mi flamante libro de red (en fidelidad a la anécdota unamuniana). Mi hermano está presenciando el debate, y yo, escuchando también algo a dos bandas: los duetos de Raphael. Con esto pretendo mostrar mi descontento con las soluciones políticas que se nos proponen. Esto no muestra ni desinterés ni mucho menos escasa preocupación (el “Mit Brennender Sorge” se queda corto). Por si os queréis saltaros los razonamientos e ir a las recomendaciones de voto, si sois de izquierdas, aparte de no terminar de comprender una insistencia tan ajena a la lógica y, lo que es más grave, a su lamentable ejecutoria de gobierno en todo tiempo y lugar, por favor absteneos. No insistáis en suicidaros, porque nos arrastráis a todos a la sima, donde eso sí, estaremos todos igualitos (de depauperados sin salida, por supuesto). Si os soléis decantar por el centro-derecha, elegid Partido Popular, como papeleta útil y con gente en teoría preparada para diagnosticar y aplicar los inevitablemente dolorosos remedios a los cuales nos vemos abocados (esperemos que Gallardón y su “catastrazo” no sean el horizonte, desde luego). Que nadie piense que una mayoría absoluta es una panacea inmediata, pero necesitar pactar con los nacionalistas sería desastroso, y la hipótesis de que preparen otro 11/12/13-M (para mí, son partes de un todo), siniestra.
UPyD tiene un mensaje acertado y diáfano respecto a la educación (y más potable que el resto en cuanto a modelo de Estado), pero me ofrece dudas su entendimiento en cuestiones de economía, y discrepo de sus posturas en temas sociales controvertidos.
En mi programa electoral iría sin duda una eliminación de las autonomías, mediante una recuperación gradual de competencias por parte de la Administración Central, unas auditorías obligatorias en cada cambio de dirigentes, al modo de dación de cuentas, una acción de responsabilidad penal con carácter retroactivo si de la gestión pueden deducirse irregularidades, con resarcimiento contra el patrimonio personal de quienes resultaren condenados, la cual se extendería a los gestores de las empresas que hayan precisado ayuda gubernamental, el despido fulminante de todo empleado público sin oposición abierta y en libre competencia, la despolitización de todos los ámbitos, comenzando por la Justicia, el cambio en el sistema de pensiones desde el actual de reparto a uno de capitalización en el que el Estado apenas intervenga, la priorización de los contribuyentes en la recepción de los servicios sociales, la inmediata deportación del extranjero que reincida delinquiendo y la restauración de valores, para que nadie vuelva a pensar que en España obrar mal va a continuar saliendo gratis como hasta el momento.
Obviamente, ninguna de las opciones lo incluye, si bien nuestra necesidad presente es escaparnos de la ruina y el atolladero. Creo haber sido directo y mojarme lo suficiente. Lo que debemos preguntarnos frente a la urna es a quién se beneficia, como el título.
Que el 20-N por fin alumbre algo bueno para España,
Alberto.
Queridos amigos:
No es que deba disculpas por mi ausencia cibernética de estos dos meses, mas como queda ampliamente compensado el trabajo de redactarlas con la atención que las prestáis (hasta Sheldon captaría el modo sarcasmo), os explicaré que se debe a una prolongada punta de trabajo, por la corrección de la información de Solvencia de la mitad del año, unido a un curso sobre análisis financiero que acabamos de concluir.
Dicho esto, procede una aclaración metodológica, y es advertir de la nula coherencia o relación temática o cronológica de cada componente de las crónicas, salvo que lo halle expresamente. Quizás continúe siendo el hecho religioso el primer hilo conductor…
De carácter complementario a la Jornada Mundial de la Juventud, fue organizada en el museo del Prado la exposición “La Palabra hecha imagen”, con trece obras maestras de su colección permanente y un préstamo puntual. El número no es casual, pues catorce son las estaciones del Vía Crucis. Como suele suceder, entresacar alguna de los fondos propios se antoja casi imposible: “El Lavatorio”, de Tintoretto, presenta un modélico estudio de perspectiva, el original de “El Buen Pastor” (esto era una burda copia), de Murillo, adorna mi habitación en Burgos, el “Cristo Crucificado”, de Velázquez, es un clásico de la iconografía patria, la “Anunciación”, de Fra Angélico, es una excepción fuera del convento florentino de San Marcos, y siempre he tenido una especial conexión con Juan de Juanes, del cual se exhibe “La Última Cena”. Sin embargo, la auténtica estrella fue “El Descendimiento”, de Caravaggio, la pintura invitada. Lleva a la perfección el estudio anatómico del desnudo y nos lega una panoplia de actitudes en todos los personajes (dolor, desesperación, desolación o piedad), tratándolo con una delicadeza excepcional, resumida en la mano inerte del Redentor. Desde la fe, un breve texto del evangelio de Juan (el más teológico) acompaña cada parada del itinerario.
No abandono la temática (además, después de cinco entregas de la JMJ, estáis curados de espantos sobradamente). Para quienes consideren que el himno nacional es un emblema que trasciende de partidos, que España debería ser un concepto unificador y que el orgullo por nuestro origen es algo que no nos podrán quitar aunque se empeñen, les recomiendo que lo escuchen en “fortissimo” tras la Consagración en la Basílica Arzobispal Castrense, al final de la calle Mayor de Madrid. La ocasión de nuestra asistencia fue el día de la Hispanidad, el de la Virgen del Pilar, patrona de Aragón, cuando supimos “seguir sobre el azul del mar el caminar del sol” (gracias, Pemán, “pobrecito de ti”, aunque las turbamultas sean cicateras en el elogio o te condenen). Incluso tiene efectos corpóreos: hombros cuadrados, espalda perfectamente alineada, aumento de la secreción hormonal, dilatación del perímetro torácico y mucha felicidad.
Os podréis imaginar el volumen de reseñas pendientes de publicación:
- “The Wind in the Willows”, de Kenneth Grahame: clásico de la literatura infantil anglosajona con las aventuras del topo, la rata de agua, el sapo y el tejón. Si lo lee un diabético, le sube el azúcar. Lo que tiene pretender agotar la colección de Penguin Populars Classics es que lees libros sin el menor interés.
Saludos cordialísimos y confío en que hasta muy pronto,
Alberto.
Queridos amigos:
Yo estuve allí. Cuando dentro de algunos años, coincidiendo con el final de este pontificado o con una nueva Jornada Mundial de la Juventud en el extranjero o en España, se vuelva a hablar de la tempestad del sábado en la vigilia de Cuatro Vientos, recordaré con orgullo mi presencia aquel anochecer de tempestad. Por la izquierda (¿de dónde si no?) iban formándose nubarrones, que se compactaban y oscurecían. Atisbamos los primeros relámpagos, y dudamos que llegasen. Sin embargo, una brisilla los empujó y en pocos minutos teníamos encima un auténtico vendaval de viento y lluvia. Cada uno se resguardó lo mejor que pudo: yo en una lona para el suelo que los de al lado enrollaron a modo de tienda de campaña y con una esterilla para las piernas que agarré mientras volaba, y Su Santidad guarecido bajo enormes paraguas blancos, uno de ellos sostenido por el siempre atildado y pulquérrimo “ceremoniere” Guido Marini (quien parecía, de tan empapado, que iba a presentarse a un concurso de camisetas mojadas). Benedicto XVI sonreía feliz, porque se daba cuenta de lo que nos impulsaba a resistir, que no era otra cosa que las benditas ganas de seguir creciendo espiritualmente, manteniendo el contacto íntimo con Dios. Pasada la tormenta, cenamos fraternalmente.
Las inclemencias nos habían llenado de euforia, paradójicamente, porque había creado un sentimiento de épica. Lo han comparado a Woodstock, pero si le quitas la música, el alcohol, las drogas y el sexo, la analogía se difumina hasta desaparecer. Superada la medianoche, ante la imposibilidad material de los organizadores de proporcionar agua y baño al millón y medio largo (rozando los dos) de congregados, me fui ya para mi casa.
La lectura del domingo, correspondiente al decimosexto capítulo de Mateo, proclamaba, no por casualidad, la primacía petrina (y de sus sucesores). Era tan grande nuestra implicación que yo incluso di la paz por sms a móvil. El Papa abandonó el aeródromo muy satisfecho del carácter multitudinario del acto y hasta sorprendido por su carisma.
Entre los ecos de estos días, son indudables los beneficios económicos que han reportado, superando con creces los ingresos que ha traído un aluvión de personas, de un civismo singular, a los gastos (fundamentalmente en seguridad) que acarrean. De todas formas, no está tampoco de más que el Estado atienda a una infinidad de españoles que nos habíamos reunido para expresar nuestra dicha por la comunión en la fe con el Vicario de Cristo. También ha sido un éxito para la Conferencia Episcopal Española, encabezada por el cardenal-arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela. Ha sabido demostrar que la Iglesia en España (y el mundo, por extensión) no está ni extinta ni enterrada, y que una labor gradual y bien hecha de difusión del programa y una eficaz logística de acogida dan sus frutos (los visibles y los mediatos).
Con la confesión y comunión que realicé esa semana, me gané otra indulgencia plenaria, así que barra libre para pecar… En serio, lo que se ha visto estos días por Madrid es que la ilusión de los jóvenes ha despertado esa natural afinidad al bien que late en todos, que es posible encarar el día a día con otra actitud, que la vida es un regalo que no debemos desaprovechar, que tenemos un deber con nosotros mismos y con nuestro prójimo, que es más necesario que nunca ser valientes afirmando lo que creemos, o que hay que comprometerse más radicalmente con lo que nos pide Cristo.
De estas mil cosas, lo que ruego es que sigan esas crecientes ganas de amar y amaros,
Alberto.
Queridos amigos:
Prosigo con quizá la última de las crónicas de la Jornada Mundial de la Juventud. Es posible que el Cristo de la Buena Muerte no os dijese nada por el momento, pero si os apunto que es el de la Legión, las cosas cambian. Fundada por Millán-Astray (¿qué tendrán los mutilados, al igual que Blas de Lezo, que suplen con valor y capacidad sus deficiencias físicas?), en palabras del propio Leandro, “no cabe ser más marcial”. Tampoco es de extrañar, con semejante credo. Impresiona sobremanera verlos formar, en una posición de firmes que es más que recta, en un silencio sólo roto cuando entonan el sobrecogedor “Novio de la Muerte”. Su disposición física y mental apabulla: a modo de exageración yo decía que una legionaria era capaz de partir una nuez con el pubis, y otros componentes, nada más con mirarla. Acojona simplemente verlos, con lo que en plena acción deben de ser letales. Si todas nuestras Fuerzas Armadas se pareciesen a estas unidades de élite, seríamos un país respetado e incluso temido “del uno al otro confín”. Los “indignados”, de manera prudente, ni se nos acercaron. Su periplo, que concluyó de madrugada y a un paso ligero cuya velocidad ya me gustaría alcanzar corriendo, fue jalonado por numerosos vivas a España y a nuestro (otrora, añado yo) glorioso ejército. Mi tímido grito entonces de “Ahora, a tomar Moncloa” fue saludado con un murmullo de aprobación y velados suspiros, por factible pero impracticable. El puñado de ultraderechistas que quedan gritaron unos esporádicos y desafortunados vivas a Cristo Rey, porque no cabe que la política instrumentalice a la religión. En un receso, nos tomamos un par de pintas de cerveza de trigo casi de trago, tal era nuestra deshidratación. En suma, la procesión resultó emocionante, aparte de su inolvidable espectacularidad: al recorrer de noche el eje de la calle Alcalá, las siluetas de los pasos se recortaban contra la iluminación de los edificios, creando unos preciosos contrastes.
El sábado no se presentaba liado, pero el aluvión de peregrinos hizo aconsejable adelantar el ingreso al aeródromo de Cuatro Vientos. La judicial pareja poseía, por contactos con la organización, una entrada sobrante, de un amigo que les había fallado, en la zona C6, que era, de las comunes, la más cercana al Pontífice, con lo que no podía desaprovecharla. El metro ya a media tarde iba atestado, y nos dejó una estación antes, Aviación Española, pues la de destino estaba cerrada. El paseo hasta el recinto era una romería, con los vecinos tirando agua de los balcones para aliviar el sofocante calor (vamos, como en el “chupinazo”, pero sin alcohol; inciso: menos mal que vi a unos españoles con cachis, porque tanta sobriedad y virtud me estaban escamando). Como no llevaba la acreditación, el acceso se complicó, máxime cuando al pedirme la policía que abriera la mochila les dije, como así era, que encontrarían un cuchillo de sierra, pero que no pensaba apuñalar a nadie, y es que andan escasitos de sentido del humor. Cuando por fin entré, comprendí que no podía habérmelo perdido: un mar colorido de gente, hasta donde alcanzaba la vista, ondeando sus banderas, agitando pancartas, cantando, riendo... Cuando se acercaba el Papa, la gente coreaba “¡Benedicto, Benedicto!”, como una estrella del balompié (jamás reconoceré haber confesado esto, pero los portugueses con Bento y 16 en el número de las camisetas me despistaron), y yo no estaba de acuerdo. Estábamos allí por Jesucristo, y esta Su Santidad es un elemento circunstancial, que no es inmanente, una persona de existencia finita, por mucho carisma y valía que atesore. El acto principal, según programa, era la adoración eucarística, para la cual contó con la custodia de Enrique de Arfe, de la catedral de Toledo, la cual sale en Corpus Christi. Era de pasmar el silencio respetuoso, reverencial y escrupuloso de la multitud, todos arrodillados. No obstante, el resto de eventos y reflexiones precisan de una nueva página. Dios os bendiga, Alberto.
Queridos amigos:
Cuesta hacer un huequecito para redactar en medio de la vorágine de la recepción de los estados del semestre, si bien la multitud e intensidad de las vivencias de estos días lo merecen. Os agradezco la acogida que han tenido las dos crónicas precedentes: ya que no hay unanimidad con las ideas (como no podía ser de otra forma), la hay con el estilo.
Quizá entre los (merecidos) ataques a los madridistas e izquierdistas, no recalqué el saludo tan especial de Su Santidad para conmigo. A la vuelta del acto, me había quedado en primerísima fila, junto a la valla, en el lugar que habían abandonado unas mejicanas harto chaparras, y el papamóvil, con su secretario personal Georg Gaenswein (para las chicas, el cura guaperas) y el cardenal-arzobispo de Madrid Antonio María Rouco Varela sentados en sentido contrario, elegantes e impolutos, volvió por el mismo sitio. No es que me guiñara un ojo ni me hiciera un gesto pinturero, pero me miró beatíficamente y me llenó de calma, puesto que, como dice la eximia Santa Teresa de Jesús, “no hay edificio de tanta hermosura como un alma limpia y llena de virtudes”.
Tampoco hice especial hincapié en el mensaje de su discurso. Personalmente, aun dentro de una cuidada sutileza, fue el más duro de cuantos lanzó. Para quienes no se molesten en leer el vínculo, ataca la soberbia contemporánea, hija del relativismo, que lleva al hombre a creer que tiene potestad para decidir quién puede nacer o quién debe morir.
Pasando al viernes, salí del Banco de España al finalizar mi jornada laboral con un propósito eminentemente cultural, porque una muestra de imaginería que incluya un Salzillo, dos Gregorios Fernández y una Roldana (la Virgen de Regla, a la cual se encomendaba “la más grande”, añadida al final por su soledad y dolor) debe ser visitada. A modo de anécdota, incluso había una talla (la novena, “Jesús despojado de sus vestiduras”) de un autor vivo, Manuel Ramos Corona, de tan solo 45 años. A mitad del recorrido inverso del Vía Crucis, desde Cibeles hacia Colón, me encontré con mi amigo Leandro, compañero de ICADE y Yonmoñaco, miembro de la judicatura, y a su novia Telle, también juez. Ellos fueron los que, tras pasar por casa a asearme, me hicieron un huequecito en la frontal, al lado de la décima estación (“Jesús es clavado en la cruz”), compleja y dinámica composición que provenía de Zamora. Apareció por allí doña Esperanza Aguirre y los presentes prorrumpimos en vítores. El plan era totalmente desconocido para mí, pues en Torres de Montes sólo sacamos una imagen, a la cual encima jamás veo, ya que siempre voy abriendo la procesión portando en alto una cruz.
Se apreciaban las diferencias regionales en cuanto a la expresión de la fe. Mientras que en el este y en el sur eran más bulliciosos y coloristas, en el norte eran mucho más contenidos (vestiduras negras sobre azabache y adornos morados) y silentes. La selección de obras supo conectar con la devoción popular matritense, al sacar a Jesús de Medinaceli. Me llamó mucho la atención el exiguo matiz entre costaleros (peso sobre un hombro) y cargueros (sobre ambos), las mantillas negras de las damas, el movimiento que ocasionan los porteadores sobre los olivos (y las velas y los ropajes) del huerto de Getsemaní, semejante al viento, el cociente entre carga y personas (en algunos aplastaba el mero cálculo), el “baile” que saben proporcionar a los pasos mediante las diferentes zancadas, los levantamientos (“¡Al cielo con ella!”), o, por último las exhibiciones de fuerza al subirlas con el brazo estirado en señal de respeto frente al Cristo de la Buena Muerte (al cual dedicaré el principio del siguiente escrito). “Sed prudentes y sabios”,
Alberto.
Queridos amigos:
Por fortuna, las crónicas de la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 van a tener su continuación, cuando menos esta semana. Las dejábamos en la Eucaristía de apertura del martes. El miércoles no había programado ningún acto singular, si bien me lancé a las calles envuelto en una bandera vaticana (amarilla y blanca), para palpar el ambiente. Coincidía con la vuelta de la Supercopa de España, ganada, como habitualmente, por el Barça, pero no me extenderé aquí, porque no tiene cabida la marrullería, la violencia, la agresión cobarde, el insulto, la mentira y el desprecio de los cuales hacen gala los jugadores, el entrenador y, lo que es peor, los directivos y aficionados del equipo derrotado (lo que más extraña estos días es que haya uno de blanco en Cibeles levantando una copa e incluso hay algún chiste sacrílego comparando a Pepe y al Papa).
El evento del jueves daba la bienvenida a Madrid al Pontífice, y yo pretendía conseguir, aparte de verlo por primera vez, lo que parecía imposible: un saludo directo. Callejeé hasta la calle Muñoz Seca (por cierto, fusilado por las hordas rojas en las “sacas” de Paracuellos; para él no hay memoria histórica, y el cabecilla, Carrillo, tan campante). Me coloqué junto a unos sacerdotes de Chicago, enormes, a modo de parapeto. Sonó el
himno, cuya letra ha sido escrita por un obispo auxiliar de Madrid, y al cual se le critica que sea demasiado “sinfónico” para ser cantado en grupo y por todos los participantes, aunque recoja con fidelidad el mensaje que se pretende transmitir. Todas las lecturas bíblicas y además los escenarios lo repiten: la raíz de nuestra fe es Cristo, al que glorificamos, y por el cual nos mantenemos firmes. Igual os parece que os estoy adoctrinando, pero una misión del cristiano es dar testimonio y procurar evangelizar.
Bajaba el papamóvil desde la puerta de Alcalá, y nada más vislumbrar su estructura, me palpitó el corazón, acelerándose. Encomiendas lo que te es más querido, aunque no puedas divisar más que un omóplato. Resulta muy complicado plasmar esta sensación sobre el papel. Su Santidad es un simple mediador (el más cualificado), pero, en un momento de silencio de la multitud, pensé que, por mucho que sea una gota (y de las chiquititas) en el océano de la Humanidad, hay un Dios providente que considera a mi persona como única. Ello no obsta a que, si no nos dejamos acompañar por Cristo, indefectiblemente erraremos nuestro Camino. El texto que se leyó era de mis preferidos (mi recomendación para bodas, de hecho), la casa construida sobre roca. Este fragmento del séptimo capítulo de Mateo incide, como he comentado en lo mismo: la raigambre (el cimiento) proporciona la estabilidad (duración) y la resistencia frente a las adversidades.
Acabó con una Salve y la gente se dispersó por los alrededores. Para volver a mi casa, lo recto era cruzar por Chueca, tomada inadvertidamente por los jóvenes católicos, con sus banderas multicolores, que no arco iris; representan casi un examen de geografía). Tanto era así que escuché numerosos vivas al Papa sin el menor atisbo de provocación. No reclaman sus derechos ni se “indignan” ante nada. Por eso, cuando se habla de
incidentes y se disfraza a los virulentamente antirreligiosos de “laicos”, y se condena a los
policías que intervienen para frenar las agresiones, me viene a la cabeza que no hay conflicto entre nuca/pistola y que se está dejando una puerta abierta a cualquier
desmán. Choca que algunos (en insignificante número, a pesar de la cobertura mediática progre) se movilicen contra la felicidad que expresan sus conciudadanos, pero así es el odio…
A la vista está que esta serie será prolongada. Benditos seáis,
Alberto.
Queridos amigos:
Manda la tradición enviar crónica semanal, siempre y cuando no esté de vacaciones, e impera la actualidad de la visita de Su Santidad Benedicto XVI, con lo que me dedicaré a ello, aun sin saber si habrá una segunda (o más) o sin respetar la cronología del ocio.
Con el horario cambiado, y no precisamente a causa de un huso diferente, sino a la mucha fiesta, me lancé a las calles de Madrid para presenciar la misa de apertura de estas Jornadas Mundiales de la Juventud. Puede dar pereza, por el calor asfixiante o por la aglomeración de gente, pero si han venido católicos de la China Popular, de Corea del Sur, de Taiwán, de Angola o de Australia, ¿cómo voy a faltar yo, que vivo en Príncipe Pío? Veía una auténtica muchedumbre de peregrinos, todos en grupo, lo que me dio pie a la primera reflexión: la vivencia comunitaria de la fe. Nunca he sido demasiado partidario de los “grupos cristianos” (así los llamábamos en La Salle) ni de los movimientos eclesiales. Por mucho que quieran aportar carismas diferentes, la Iglesia es Una y Apostólica (universal), según definición del Credo (y no los de Schubert, donde no aparece). Sin embargo, no pude evitar cierta penilla por no tener un grupo de amigos con tal nexo común. Mi fe siempre ha sido de cumplimiento individual (más o menos estricto), lo que puede quizá depurarla, pero a su vez empobrece un tanto no compartir.
Lo siguiente fue notar que me embargaban los remordimientos, al contrastar el entusiasmo generalizado con mi tibieza. Me pareció que estoy despreciando un regalo de alegría desmedida, ya que se me han dado una esperanza de salvación eterna y unos patrones de conducta que conducen a la felicidad a través de la entrega y la generosidad. Citando a Santa Teresa, “entended cuán ciegamente pasan su tiempo los de este mundo”, y yo soy de los este mundo aunque no me sea ajeno el fenómeno religioso.
No se puede teorizar desde las páginas de un periódico o desde una televisión sin haberte mezclado con este movimiento, sin haber percibido este olor a humanidad (y también a profunda santidad), sin haberte sorprendido con la voluntad de todos los minusválidos que han emprendido este viaje y con la solidaridad extrema de sus acompañantes, sin haberte mezclado con las personas y ver sus caras, sin haberte percatado que el corazón late diferente y late con gozo (no en vano un documento principalísimo del Concilio Vaticano II es “Gaudium et Spes”, donde dice que los del mundo son los de la Iglesia), porque no hay más que ver el civismo y buen ambiente que imperaban. No es de extrañar, porque todos los lemas eran positivos, sin confrontación. Se trata de una celebración que no conlleva la derrota de un adversario diferente al Mal. Es el anuncio de que la gloria está en Cristo, con todo lo que acarrea. Éste es un indudable mensaje de fe, si bien no es para nada incompatible con la razón.
Ya pasando a ras de suelo, hubo algún problema logístico en la misa de inauguración, puesto que no se oía, con lo que los asistentes se distraían y tuve que escuchar la homilía en una doble traducción simultánea directa-inversa del francés de unos que la oían (igualito que en el Senado español). El texto llama inequívocamente a la vocación, en sus diversas formas. Al igual que Pedro, debería contestar “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”. Estuve sentado sobre una barandilla cabe la calle Cedaceros, junto a dos francesitas, quienes me obsequiaron con un rosario anular de madera y que no eran mi tipo pero sí el de muchos de los que nos rodeaban, por lo que las miraban…
Id con Dios,
Alberto.
Queridos amigos:
La última crónica antes de la quincena oscense contiene ineludiblemente la referencia a Los Miserables. Pocos días antes de la despedida de Madrid, aprovechamos, en lo más parecido que he tenido alguna vez a un capricho, para ver de nuevo el musical. Difícil es expresar más entusiasmo del que tengo por la obra, así que me limitaré a decir que se notaba más rodado que al comienzo, sin merma de voz y con todos los automatismos escénicos. Atronaban las ovaciones para los números más lucidos y para el coro final.
La cadena Cien Montaditos ofrece interesantes descuentos los miércoles, de casi la mitad, de forma que, sin grave merma para el bolsillo, cenas ricos bocatines y cerveza fresquita. A tenor de la afluencia/aperturas, están en auge, con halagüeñas perspectivas.
El encabezamiento aconseja que confiemos en los actos y no en las palabras. El día y medio que estuvo lloviendo a manta en Noja nos enfrascamos en sendas actividades con una estricta división del trabajo en función de las habilidades de los trabajadores. Embotamos dos bonitos y congelamos otros dos, aprovechando pescado de temporada, lo que se nota en frescura y precio. Requiere un secado meticuloso y un corte preciso. Las almendras son harina de otro costal. Para comer una almendra tostada, hay que, consecutivamente: recogerlas, escoscarlas, cascarlas, escaldarlas, pelarlas y tostarlas, y cada paso supone tantísimo esfuerzo que es natural que sepan así (a gloria bendita)…
Dejo la visita a Santander para la vuelta, así que me extenderé en una obra, la cual, aparte de su calidad literaria, nos dejó un título inolvidable y “panaprovechable”:
- “Vanity Fair”, de William Makepeace Thackeray: el afán por completar la biblioteca de Torres de Montes con la colección de los Penguin Popular Classics me lleva a releer algunos de ellos, sin perder la delectación de la primera vez. Se trata de un libro injustamente olvidado, del que sólo se recuerda que presta su título a una revista, y a veces ni eso. Contiene arquetipos de las sociedades de todos los tiempos, luego está siempre de actualidad: la pavisosa que todavía cree en el amor, el fanfarrón con todo tipo de vicios, el abúlico presumido, el fracasado pertinaz en cualquier empresa que intenta, el viejo opulento y rencoroso al que se le ablanda el corazón, el empecinado en un romance imposible que deja pasar sus mejores años en el intento o la más fascinante de todas, la arribista profesional que cuenta para llegar a la cima con una cara y un cuerpo bonitos, una inteligencia despierta, ningún tipo de escrúpulo y mucha ambición. La acción transcurre en la Inglaterra del primer tercio del siglo XIX.
Para despedirme con grandilocuencia y optimismo en estas épocas de futuro oscuro e incierto para el país, citaré el llamamiento de las Cortes de Castilla al rey Carlos I: “Cuando otras tierras proveían a Roma de mantenimientos, España de emperadores”.
Marcharé a mi pueblico esta quincena. Por si venís a apreciar mi otrora esculpido torso, os informo de que, como dice muy cierta y gráficamente mi hermano, he “desencofrado”. Confío en dejar sitio a alguno en la plaza de la Catedral de Huesca.
Disfrutad vuestras vacaciones,
Alberto.
Queridos amigos:
Antes de nada, y con perdón por lo súbito, todo indica que este puente de Santiago retomaré el Camino con Antonio, en versión microscópica. Uníos pronto si queréis…
No tengo demasiado claro si inaugurar una sección gastronómica no sea incitar a la gula. Igual es positivo, para que cuando me veáis, opinéis que no estoy tan rollizo para lo que ingiero. En Casa Lucas, en plena Cava Baja (La Latina), aparte de trato cercano y Mahous 5 Estrellas bien tiradas, la cena para tres fue digna de recomendación (si no os importa estar apretujados): fardos de calamares sujetos con tira de beicon y mahonesa y mousse de su tinta, bacalao gratinado con boletus, berenjenas y salsa vizcaína, y arroz cremoso con boletus, foie y huevo “poché” (es decir, con clara cuajada y yema líquida).
Madrid ha estado el primer fin de semana de este mes como dado la vuelta. Lo digo porque se veían invertidos “a embuten”, como diríamos en Torres de Montes. Aparte de la frase que me pedía mi público, debo precisar que no soy homófobo: que cada uno se acueste con quien quiera y pueda. La primera reflexión es elogiar su habilidad para con el lenguaje: ya la palabra “gay” los aleja de connotaciones peyorativas (bien es cierto que también de un castellano tan límpido como rudo: bujarra, sarasa o sodomita), pero es que ahora la han eliminado, y el desfile es simplemente del Orgullo (que no es el de Andrés Torrejón y Simón Hernández, alcaldes de Móstoles, desafiando a todo un Emperador de Francia con su Bando, o el de Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro, sino el de ostentar otra condición sexual, en principio, nada meritorio, sino indiferente). La segunda es advertir que, a poco que se despiste San Isidro, va a convertirse en la fiesta más representativa de la ciudad. De hecho, en el extranjero, debe de serlo, a tenor de la afluencia. Dejan un dineral (y basura “a punta pala”, otro aragonesismo) y son muy divertidos los transformistas (Lolita Versace cantando “Yo viviré” con ese sentimiento), pero la sensación que se percibe saliendo por ese barrio es de desnortados que han sacrificado su vida a su orientación, como si el lecho lo fuese todo y no hubiese más...
Bajando el volumen de la crítica de estos “espejos de costumbres”, de los días en la playa he sacado que hay que hacer pausas en el frenesí (y la rabia) cotidianos. Aunque no sea más que un minuto de las vacaciones, y sin que esto parezca un anuncio de higiene íntima femenina (bueno, los de Patricia Conde son de un tenor diferente), conviene pararte en el movimiento de las nubes con el viento, o preguntarse si el mar tiene un color azul verdoso o verde azulado, para acabar decidiéndote por el turquesa…
La literatura conserva su espacio:
- “El Baile”, de Irène Némirovsky: deliciosa obrilla para pasar media hora de provecho. Una pareja de nuevos ricos decide dar una recepción para hacer negocios él y ser reconocida socialmente ella. Su única hija, adolescente, a quien no se le permite ir a la fiesta, va a boicotearla, con dramáticas consecuencias.
- “Tales from Shakespeare”, de Charles y Mary Lamb: estos hermanos ponen en prosa los argumentos de algunas obras (tragedias y comedias, excluyendo las históricas) del prolífico dramaturgo inglés, donde se dan cita absolutamente todas las pasiones humanas. Valen como resumen o como relatos en sí mismos.
Hasta la semana siguiente,
Alberto.
Queridos amigos:
No había explicado que la cesura en la periodicidad semanal de las crónicas se produjo a causa de unas vacacioncitas en Noja. Mano a mano nos hemos organizado sin ningún problema: salmorejos, merluzas, arroz con champiñones y jamón; y yo fregaba, claro…
Otrora hablaba de un riguroso programa de cultivo físico, basado en la unidad de medida “brusco”, equivalente a la longitud de la playa de Trengandín: cuatro kilómetros, y el retorno. Hemos caminado dos bruscos todos los días, y, excepto el primero, he añadido otro corriendo, incluso madrugando para poder cumplir el último. De natación, ha habido baño más de la mitad de los días, lo que proclamo no exento de satisfacción, pues parece que esta localidad cántabra confluyan la corriente del Labrador y la de Humboldt, es decir, nada de corrientes cálidas y frías, sino de gélidas y álgidas.
El tiempo ha acompañado, al estilo del Norte: una brisa de lo más sana (otras dirán que heladora). En uno de los escasos momentos que hemos encendido la televisión, echaban “El Muñeco Diabólico” en la ETB y creedme si digo que Chucky en vascuence acojona.
Quizá la consecuencia más lamentable de la raleza de mi cabello es que el “cartón”·se me ha chamuscado. El problema es protegerlo, porque si me echo crema en el pelo, voy a parecer a la Pepa de Matrimoniadas recién levantada, y las gorras no lo dejan airear.
De manera inusual, fuimos a comer al restaurante La Traina, en Argoños. Lo bien que salimos impide incluso calificarlo de dispendio. Los entrantes consistieron en unas rabas de jibión fresco y en una exquisita tosta de pan de pueblo de bacalao con pil-pil y alioli al graten. De pescado tomé una cabra de roca, sabrosísima, si bien con muchas espinas. Le dediqué su tiempo y conseguí una mención de la dueña por lo limpio que había dejado el plato y una protesta formal de la F.P.G.O.F.D. (Federación Pasiega de Gatos y Otros Félidos Domésticos) por haber dejado las raspas mondas y lirondas. Para los postres, pedimos galleta con queso fresco y frutos rojos con un vinito dulce de Potes.
Cambiando bruscamente de ubicación, en la estación de Ópera puede visitarse la fuente de los Caños del Peral. Data de al menos el siglo XVI en su diseño (en uso desde mucho antes), quedó enterrada en el XIX y fue recuperada en las obras de ampliación y de remodelación de la red de metro. En este pequeño museo subterráneo tiene cabida un tramo del adyacente acueducto (o viaje) de Amaniel, encargado de traer agua al Palacio.
Dos Penguin Popular Classics:
- “The Mayor of Casterbridge”, de Thomas Hardy: un trabajador agrícola en avanzado estado de embriaguez “vende” a su mujer y a su hija pequeña. Consigue enmendarse y prosperar económica y socialmente en otra localidad, pero, al cabo de los años, su pasado vuelve, se ha de enfrentar con él y pierde.
- “Mary Barton”, de Elizabeth Gaskell: la gráfica expresión “capitalismo manchesteriano” surgió por las desigualdades en las condiciones de vida de patronos y obreros en esta localidad inglesa. La autora mezcla denuncia de la situación e intento de conciliar a las partes en conflicto, con mucha prolijidad.
Como dice el título, “las cosas hablan por sí mismas”, luego la semana que viene volveremos. Hasta entonces,
Alberto.
Queridos amigos:
Confío en que por este intermedio no me apliquéis el sobrenombre del encabezamiento (“el que retrasa”), apelativo del cónsul que no quiso entrar en combate abierto con Aníbal en Italia, y así evitó una nueva masacre de las ya diezmadas tropas romanas.
Hoy es 30 de junio, cuando acaba el semestre y fin oficial de casi todos los contratos futbolísticos, luego procede hablar de Yonmoñaco. Nuestra temporada no ha sido peor que otras. De hecho, incluso hemos encadenado varios meses consecutivos sin perder; claro que a nuestras escasas victorias se han sumado empates, no presentaciones, suspensiones, aplazamientos y vacaciones. Hay años en los que hemos hecho menos puntos, y de ellos, varios en los despachos. Cuando hemos logrado mantener nuestra filosofía de generosidad, sacrificio y concentración, se lo hemos puesto muy complicado a nuestros rivales. Es evidente el declive físico, pero, como solemos afirmar, la pendiente de la cuesta abajo no es tan pronunciada, porque no partíamos desde altas cotas, como el resto. En lo personal, mi desempeño ha sido la mezcla de algo espeso con algo romo y algo obtuso, con toques de imprecisión y fatiga. Empero, la incuria de nuestros adversarios en algún partido permitió que casi inadvertidamente ingresase mi nombre en la nómina de goleadores de la temporada. Un hecho ha ensombrecido sobremanera este panorama, y no es otro que la retirada irreversible del presidente, que unía su cualidad de comodín en el campo y un variado repertorio en los terceros tiempos a su absoluta constancia y dedicación al equipo. Un fijo menos se nota, si bien en la cancha confío en que nos sobrepongamos, pero esto del Califa es algo simbólico, es una metáfora de una época que, cuando menos, empieza a concluir. Cayó esta noticia como agua gélida, y no teníamos cuerpo ni para una “leche de pantera” (acabas antes diciendo qué no contiene que enumerando todos sus ingredientes) en El Chapandaz, garito de los bajos de Argüelles al que podía llevar unos quince años sin ir.
Junio es también el mes de la Feria de la Tapa, evento imprescindible, por cuanto es patrocinado por Mahou, quien sirve la cerveza. Se pagaba por fichas, a 1,20 euros cada plato y cada caña. Por supuesto, me acompañó el más veterano del lugar, Yonsi, en nuestra quinta o sexta edición consecutiva. Se unieron dos primerísimos espadas, los cuales sacaron el doble de consumiciones que nosotros, y dieron buena cuenta de ellas.
El plan continuó con la Feria del Libro, que individualmente no me aporta nada más que el paseo por el Retiro; no así los ricos helados de chufa que nos tomamos en el trayecto.
Dos libros sobre animales en inglés:
- “Greyfriars Bobby”, de Eleanor Atkinson: un pequeño perro acompaña al pastor al que pertenecía a Edimburgo, donde fallece y es enterrado. El bicho vela permanentemente la tumba de su amo, haciéndose muy popular entre toda la población. Canta a la fidelidad canina, bastante por encima de la humana.
- “Black Beauty”, de Anna Sewell: esta inválida dedicó lo mejor de su vida a luchar para que mejorase el trato a los caballos, por razones de utilidad y civismo. Moraliza de paso sobre el abuso del alcohol. Gramatical, argumental y semánticamente no presenta complicaciones, pero ya no aporta nada: zapateril.
Hasta pronto, con cariño,
Alberto.
Queridos amigos:
El enorme volumen de trabajo que hemos soportado estos meses ha hecho que alguna crónica, sobre todo, la pasada, haya sido escrita de manera pelín apresurada, así que disculpad su redacción y valorad mi intención de mantener una periodicidad semanal.
A poco que me conozcáis, sabréis que he sentido profunda envidia de Contador en el podio del Giro de Italia. Triunfar en el Milanesado, en tierras del Gran Capitán, y poder escuchar en lo más alto el himno español con la maravillosa y denostada letra de Pemán (anterior a Franco y a la Guerra Civil, como el Cara al Sol) es de auténtico privilegio.
Asistí a una obra de teatro con fines benéficos en un colegio de Rosales. Escogieron “El cadáver del señor García”, de Jardiel Poncela. Juega con las posibilidades cómicas de un reparto coral. Aunque parezca curioso, había un actor profesional entre los aficionados, los propios docentes, conocido en numerosas series de televisión, pero que se dedica a la enseñanza secundaria con el fin de hacer más recurrentes sus ingresos.
Sin ningún pesar por mi parte, ha terminado Física o Química, ahora parece que definitivamente, si bien barajan reorientarla a Neox. Las tramas eran tan rebuscadas que no daban más de sí. Supongo que de completar mi plácido aunque exigente bachillerato lasaliano a hacerlo en el Zurbarán media el trecho abismal que separa la realidad de la ficción. En el último episodio retrataron de forma magnífica a la izquierda. Hacen alumnos y profesores una sentada para que no cierren el instituto, se ponen ellos mismos unas cadenas, y ellos mismos se aplauden y jalean. Imposible mejor metáfora.
Habiéndome metido en harina, no puedo dejar de criticar la cochambre de Sol. Entiendo el quejarse de la clase política, de sus inmerecidas prerrogativas y su representatividad tirando a nula, pero cuando ves sus propuestas económicas, las cuales toman el camino más directo hacia la miseria más extendida, te das cuenta que allá hay océanos de palabras y desiertos de ideas. Hasta un joven periodista en auge como Joaquín Manso, del diario El Mundo, les concedía el beneficio de la duda en su inicio, pero opinaba con atinado criterio que “habían sido fagocitados por los del Negro, el Johny y el Chami” (los de colegio mayor lo entenderéis a la perfección). Bajo capa asamblearia se esconden los anti-sistema violentos de siempre, y se aprovechan de la buena fe de quienes están hartos de casi todo y creen que con acciones en apariencia transgresoras cambiará su situación. Para ellos no hay ley, higiene o barrera ninguna, y el ministro del Interior no tiene la menor intención de imponerla. Si unos falangistas o unos gitanos rumanos (ya puestos) hubieran acampado así, sin tapizar de pancartitas reivindicativas, habrían tardado segundos en dispersarlos. Pretenden mejorar el mundo y no tienen redaños para luchar por su propio provecho personal, y reclaman que el Estado les solucione sus problemas. Como dice el título, “el dinero no crece en los árboles”.
Un librillo conclusivo:
- “The Railway Children”, de Edith Nesbit: una familia relativamente acomodada se ve abocada a mudarse de la ciudad al campo, y el ferrocarril queda convertido en la única fuente de entretenimiento para los tres niños. Resulta almibarada y llena de buenas intenciones y de ejemplares comportamientos, luego agradable.
Hasta dentro de dos semanas,
Alberto.
Queridos amigos:
La estructura habitual de las crónicas incluye un concierto, gratuito a poder ser. El de esta semana fue uno en Santa Teresa y San José, por parte de la orquesta de cámara de San Benito, a quienes los padres carmelitas, titulares del templo, les ceden amablemente sus instalaciones en Valladolid. Tocaron dos piezas de Bach, con el típico esquema de tiempos barroco (rápido-lento-rápido). Los solistas eran inequívocamente padre e hija.
Como cada trimestre fui a donar sangre. Sin colgarme medallas, es un acto filantrópico, insustituible y que no tiene precio, mas con una recompensa muy elevada: saber que estás ayudando a salvar vidas. Por si fuera poco, recibes una analítica en tu domicilio.
Tampoco quiero que se me pase otro gesto de semejante calibre ético, al menos en mi forma de entender la vida, y sin que pretenda servir de ejemplo: marcar la equis en la casilla de la Iglesia Católica en la declaración de la renta. No pagaréis más y no os devolverán menos, y estaréis contribuyendo a una ingente tarea, que es objetivamente buena con independencia de lo que crea cada uno: educación, sanidad, asistencia social (indigencia, inmigración, miembros de familias desestructuradas o fruto de la violencia doméstica, ancianos y enfermos, asilos, orfanatos, comedores) y lo que sea menester.
Burgos puede calificarse de espléndido sin temor a equivocarse. En estaciones más frías, quizá la preocupación por abrigarse interfiere en apreciar su belleza intrínseca y ahora lo adecuado de la gestión municipal. Juan Carlos Aparicio, con vistas a la candidatura a la Capitalidad Europea de la Cultura en 2016, emprendió otro lavado de cara, con acierto: riberas del Vena y el Arlanzón, bulevar del ferrocarril, plaza del Rey San Fernando, calle Santander y más. Javier Lacalle tiene un listón muy alto que rebasar. Inauguraron la remodelación de las piscinas de San Amaro, con entrada libre, y allí que nos fuimos, y con una calle para mí solo, que casi ni en Torres. Tiene la particularidad de que nadas en estricto paralelo al Camino de Santiago, único tramo aparte del Canal de Castilla, el cual no está bien acondicionado para la práctica deportiva. Si unes el paseo de vuelta por las Fuentecillas o la Isla, la Brisa de Esperanza de la Fergó en los autobuses urbanos, y las campanas repicando jubilosas a las doce proclamando la Ascensión del Señor, está crónica debe titularse “Cabeza de Castilla”.
Tengo localizado al mejor “camello” del mundo. Vive en Libia y es el que le pasa la droga a Gadafi. Sale en ese coche descapotado como si fuese a la Ku de Ibiza. A todo esto, no me extrañaría que acabase en el Rocío. Por mucha devoción que tuvieran, si ni Carmina la Divina ni María Jiménez se lo perdían nunca, sería por algo, desde luego.
Las recomendaciones no pueden ser más que en un español neto:
- “Zumalacárregui (Episodios Nacionales 21)”, de Benito Pérez Galdós: después de dos décadas, los retomó con la tercera serie. Se centra en el general en jefe del ejército carlista, un indudable genio militar, y en su “alter ego”, un belicoso sacerdote con dilemas morales por su ardor guerrero y que acaba enajenándose.
- “Mendizábal (Episodios Nacionales 22)”, de Benito Pérez Galdós: esmerado capítulo que, si bien no es inaugural, hace las veces de maestro de ceremonias para los personajes de la serie. Obran en su haber grandes logros, como el misterio acerca del origen del protagonista o el muy singular clérigo taurófilo.
Hasta pronto, Alberto.
Queridos amigos:
Repuestos de la paliza del día anterior, emprendimos sin madrugón ni pereza la marcha para aprovisionarnos de críticos en el Mercado Central. Aparte de la frescura de las mandarinas, a la sazón en temporada, destacaría por sus puestos, de lo más vistosos y apetecibles, y por su cuidado, a pesar de ser una instalación de uso intensivo, pero además es una joya arquitectónica en sí misma (obra de Soler y Guardia), con una cúpula de 30 metros coronada por una cotorra (veleta en clara referencia al bullicio) y decorado con cerámicas de la zona con naranjas y limones (“lo que comen los señores”).
Cometimos una injusticia con la Lonja de Mercaderes y Consulado del Mar (de Pere Compte, s. XV), y más si se tiene en cuenta mi pasión por la elegancia del gótico civil. Sí admiramos la portada flamígera y el torreón (desde la iglesia de la Compañía ), pero no el salón columnario. Recordemos la prosperidad que trae el comercio internacional.
De la Ciudad de las Artes y las Ciencias, sus imágenes gritan más que hablan. Calatrava (y Candela) han transformado el espacio mediante una arquitectura del futuro. Mucho se ha invertido, y luce y se palpa (y a los socialistas les preocupan los trajes del presidente autonómico, cuando entre la alcaldesa y él han puesto a Valencia en el mapa, como quien dice). El Palacio de las Artes semeja un barco y lo angosto de su base provoca serias dudas sobre su sustentación. En el Hemisférico, parecido a un ojo, se proyectan películas en tres dimensiones. El Umbráculo (paseo por un invernadero que disimula el aparcamiento) contenía estatuas de Ripollés (por definirlo, como Miró sin abstracción) realmente divertidas. Pasamos no al Ágora sino al Oceanográfico, donde presenciamos espectáculo con delfines abierto al ritmo de “A kind of magic”, de Queen, y fue especial recuperar la infancia (época que a veces parezco no haber vivido) contemplando ese adiestramiento. El acuario es gigantesco, luego habré de quedarme con las blanquísimas belugas y sus bocanadas circulares de aire como pompas de jabón, la inmensidad de las morsas o el imponente tubo submarino en el que ves pasar tiburones toro sobre tu cabeza. Del museo de las Ciencias extraigo tres momentos: los personajes de cómic relacionados con las leyes de la física, la molécula de ADN en recuerdo de nuestro premio Nobel de Medicina Severo Ochoa (y otros investigadores, como Simarro o Grisolía) y la eclosión de unos huevos de pollo, que refrescan la ilusión de aferrarse a la vida, hacen reconocer el milagro de existir y permiten al alma sensible creer en un Dios.
Aunque parezca mentira habiendo transcurrido tres días, nos había faltado tiempo, luego bajamos prematuramente del autobús para admirar el mercado de Colón, en ladrillo, modernista, rehabilitado con elegancia hace muy poco aunque sin lograr el encanto ni la vidilla del otro. Con las mismas prisas, bordeamos el Teatro Principal y enfilamos la calle “de los bancos” que debe tener toda capital de provincia que se precie; siempre a la cabeza, el Banco de España (vuelvo a confesar mi inocua perversión) y a su vera el singular edificio del Banco de Valencia (entidad 0093, por deformación profesional). Una vez saldada nuestra cuenta en el hotel, no cesaron las ocasiones de seguir formándonos, con la plaza de toros (neoclásica, semejante al Coliseo romano o al anfiteatro de Nimes, según se mire, y que adoraba a Vicente Ruiz, el Soro, torero de la tierra y único superviviente, y muy renqueante, por la inequívoca maldición, del fatídico cartel de Pozoblanco, con Paquirri y el Yiyo) y la estación de ferrocarril (de Ribes, de un modernismo regionalista, sobre todo en el vestíbulo).
Ya en el tren tocaba reposar de la fatiga, inevitable, mas gozosísimamente “soportada” al lado de tan excelente ángel de mi guarda, que es dulce compañía y a quien no quiero dejar sola ni de noche ni de día...
Finalizo recomendando vivamente esta ciudad, con tanto bonito por ver,
Alberto.
Queridos amigos:
El Ejército de Tierra organizó un concierto del regimiento de infantería Inmemorial del Rey (metales y percusión), y suministró unas invitaciones al Banco de España. Conmemoraba su presencia en los Balcanes, aunque a tenor de la gélida temperatura del aire acondicionado, parecía que habíamos ido de misión a Escandinavia. Me gustó sobre todo una canción popular bosnia, con clara influencia musulmana/oriental. Puesto que la mayoría de la concurrencia eran militares, cantó todo el teatro el “Soldadito Español” y el “Pasodoble de la Bandera”. La obligada conclusión fue el himno nacional, con el auditorio en pie, con máximo respeto, aunque sin tararear la preciosa letra de Pemán. Al hilo de esto, es lamentable acordarse de Alejandro Farnesio, Ambrosio de Espínola, Cosme Damián Churruca, Federico Gravina o Casto Méndez Núñez (marinos los tres últimos) y ver a Carmen Chacón como ministra del ramo. Con su filosofía, es muy probable que ninguno de los mencionados o los presentes hubiera entrado en combate...
Va hoy la crónica de asuntos bélicos, porque la preceptiva exposición, en el Centro de Arte Canal, en la Plaza de Castilla, se centraba en Alejandro Magno, el recurrente modelo para todo general de la Antigüedad, aunque para mí sólo haya uno: mi padre. Comenzaba con una proyección en 3D, con especial referencia a una de sus numerosas fundaciones, la Alejandría egipcia, con su Biblioteca y el Faro (forzosamente con mayúsculas). Repasa su trayectoria militar, con las batallas de Gránico, Issos y Gaugamela, y el itinerario por Asia hasta el río Indo. Reproduce una “sarissa”, la larga pica de la falange macedonia, y contiene elaborados ritones (recipientes para bebida), los cuales, es obvio, reavivaron mi cleptomanía de vasos (por fortuna, ha menguado).
La noticia más relevante de esos meses a nivel mundial ha sido la muerte de Bin Laden. Es curioso que se reclame juicio previo y con garantías procesales a un asesino público y confeso, pero la izquierda “is different”, con toda la carga peyorativa de la expresión. Como cristiano, no puedo alegrarme de que alguien fallezca, pero sí que me congratulo en lo más hondo de que haya habido justicia. Los Estados Unidos, aun con sus muy diferentes administraciones, dejan prístino un mensaje: “quien la hace, la paga”. En contraste, aquí en España, el homicida de Miguel Ángel Blanco baja del avión desde Francia sonriente y con mirada chulesca y desafiante. Una sociedad sana y en la que el partido actualmente en el Gobierno no fuera el principal valedor de los terroristas debería poseer un sistema penitenciario en el cual quien ha matado a un símbolo de nuestra unidad democrática debería saber que todos y cada uno los días que le resten hasta el final de su vida van a convertirse en un auténtico infierno. En vez de eso, parece ser que los contribuyentes le vamos a pagar un tratamiento de fertilidad a su pareja, por si los desplazamientos con nuestro dinero no surtieran efecto. Encima, los magistrados socialistas de obediencia, querencia o ambas del Tribunal Constitucional, no contentos con dejar participar a los criminales en las instituciones, pretenden cargarse de raíz el cumplimiento íntegro de las penas. Si comparten los mismos objetivos, díganlo claro ya.
Libro para reír:
- “Three Men on the Bummel”, de Jerome K. Jerome: con el pretexto de describir una excursión de tres ingleses, para los cuales toma como modelo a su grupo de amigos, satiriza las costumbres alemanas, demasiado cuadriculadas, y ofrece varias páginas llenas de situaciones absurdas y por ello profundamente cómicas.
Para paliar lo bélico, como el título, “que la paz sea con vosotros”,
Alberto.
Queridos amigos:
Estaríais aguardando la conclusión de las crónicas valencianas, pero la cercanía de las elecciones locales y autonómicas (domingo, 22 de mayo) han hecho que sea sustituida. En otras ocasiones he pedido el voto para el Partido Popular, y aunque ganas me dan de protestar, no seré tan genérico, y lo pediré específicamente para Esperanza Aguirre. Presenta un discurso poco ambiguo, de una cierta contención en el gasto, y, sobre todo, un aroma de querer hacer las cosas bien (el hipervínculo sobre el bachillerato de la excelencia es otra manifestación), de que la gestión es crucial, de que es preferible el pragmatismo y solucionar problemas que impulsar la confrontación, de que la libertad es la verdadera fuerza para el avance y de que tiene una cosmovisión que no es acomodaticia o entreguista, sino firme, propia y muy positiva para el bienestar de todos los votantes (a veces peca de populista en este empeño, como en la dación en pago).
El título corresponde al grupo de niños cantantes de la catedral de Burgos, quienes ofrecieron un concierto en la iglesia de San Lesmes junto a los de un colegio de Mallorca. Que ya no los castren supongo que constituirá un fuerte incentivo, jejeje.
Como apunté al principio, mi concepto de actualidad es un tanto peculiar, luego os narraré ahora la Semana Santa en Torres de Montes en lugar de que aparezcan estos párrafos prácticamente en verano. El campo primaveral se entrometía en política, pues con sus colores se podía reconstruir la enseña nacional o la republicana: rojo en las amapolas, amarillo en las aliagas y diferentes tonos de violeta o malva en flores, arbustos y árboles. Superponiendo de manera sacrílega el pecado de la gula a las canciones religiosas, cabe trazar un minucioso paralelismo por días. El Jueves Santo comimos con mis tíos, pimientos rellenos, croquetas con recortes de ibérico, patatas con chorizo y setas y chuletas a la brasa, lo que no obstó para entonar en la misa el “Cantemos al Amor de los Amores”. El Viernes Santo, cuando creía que ningún plato podía añadir algo a las habituales torrijas de leche de la mañana y bacalao con tomate de la noche, mi madre hizo aparecer el mejor potaje que jamás he probado. Así es bastante sencillo descollar como narrador en la Pasión o portar la Cruz que abre nuestra breve procesión, al tiempo que suena el “Perdona a tu pueblo”. El Domingo de Resurrección, una vez escuchado el “Gloria, gloria, aleluya”, celebramos la onomástica de mi tío Pascual, con el siguiente menú: empanada de bonito, pudin de marisco, tostas de queso philadelphia y salmón ahumado, jamón, pimientos del piquillo rellenos (una constante), espárragos de Navarra, lomos de bacalao con tomate, fresas con nata, flanes de huevo y café, Suflé de Vilas, Trenza de Tolosana y crespillos, convenientemente regado por vino clarete, tinto y viejo (añejo) oscenses. Así es natural que haya engordado… Poco contrarrestan los partidos con toda la muchachada del pueblo en la pista o la marcha sabatina por Barbastro hasta las mil. La vuelta en AVE se complicó, no en el sentido que emplea mi hermano, sino porque se rompió el tren (habían unido dos convoyes), de forma que acabamos tardando más que si hubiésemos cogido el autobús (claro que Ana de Armas nunca hubiese paseado por los vehículos de Alsa-Aratesa; no es para tanto…).
Un librillo:
- “The Call of the Wild”, de Jack London: en su involuntario viaje de Sur a Norte, el can descubre en un entorno hostil su verdadera vocación, totalmente opuesta a la regalada vida que llevaba. El autor refleja su azarosa existencia y el hecho de haber quedado cautivado por los territorios de la “fiebre del oro” del XIX tardío.
Pasadlo bien,
Alberto.
Queridos amigos:
No se precisa la sagacidad de un Guillermo de Baskerville o de un Auguste Dupin, por escarbar en la ficción, para deducir que el primer párrafo va dedicado a la película sobre San Josemaría Escrivá de Balaguer: “Encontrarás Dragones”. Proviene de las cartas de navegación antiguas, para alertar del peligro de las zonas desconocidas. No pretendo adoctrinaros, pero he de recomendarla. Narra en paralelo dos existencias, la del fundador del Opus Dei y la de un supuesto amigo de su infancia barbastrense. Ambos se ven azotados por demonios interiores, por las vicisitudes de su vida, pero mientras que uno las afronta con la mente y el corazón puestos en Nuestro Señor, otro se deja llevar por ellos, en una espiral de destrucción. Como era obvio, al estar la película financiada por supernumerarios, la imagen que presentan es de suma perfección, incluso en aspectos donde nadie intuye que destacase, como la valentía o la caridad. No ha reparado en gastos, y quizá haya desdibujado la realidad histórica, como la catedral de Colonia en medio de Madrid o la absoluta supremacía de la aviación nacional. Incide en la persecución religiosa durante la Guerra Civil , al contrario que las habituales patrañas sobre la época. Deja diáfano el mensaje esencial, que es encontrar la trascendencia en los quehaceres diarios, y no se mete con aspectos menos positivos de la organización, como el elitismo, la anteposición de sus miembros a los ajenos o la falta de libertades.
Si ésta constituye la de cal, la de arena viene con los famosillos de quinta regional que poblaban el concierto de Tamara (la buena): Carlos Ferrando, Carmen Hornillos, Muñoz Escassi y don Álvaro o Rosario Mohedano, a quien le reconcome pasar desapercibida. Nos sentamos muy delante, justo detrás de la fila reservada a la familia de la cantante, calorros a más no poder, con pintas oscilantes entre el mercadillo y los evangélicos (por eso, mi frase de “Ta’ preñá la Chayo” sonó completamente natural y en su contexto). Aparte de ello, desde siempre me he creído su forma de interpretar. No posee la personalidad arrolladora de las grandes damas de la canción (bueno, el trono de “la más grande”, doña Rocío Jurado, sigue vacante) y se mueve más cómoda en el ambiente andaluz (transformó “Celos” en un tema bailable), duetos o versionando (aunque no tocaron “Lady Laura”, de Roberto Carlos, la “Let it be” latina). Sin embargo, me parece que destaca en una atmósfera intimista, donde los sonidos hacen aflorar los sentimientos (soberbia en “Gracias” y en “Perfecto”). Se trataba de presentar su último disco, en homenaje a Marco Antonio Solís, luego bisó su primer sencillo “No hay nada más difícil que vivir sin ti” y trajo mariachis (de nula expresividad), por la influencia mejicana. Mi preferida, “Si nos dejan”, marcó la apoteosis de esta agradable velada.
Enlazando con la discusión en un tercer tiempo de Yonmoñaco sobre las diferencias entre piratas, filibusteros, corsarios y bucaneros, y la frase típica de Gonx, soñé un día que estaba en La Latina con un conocido de Josu, que es curiosamente el sobrino-nieto del anterior cardenal camarlengo, y nos encontramos con Tamara (la mala: Ámbar o Yurena), que salía de un bar y decía “Me lo estoy pasando pirata”, y empezaba a perseguirnos (Sansigre ya se había unido). A la puerta de un local nos topábamos con su “anti-grupo de fans”, encabezados por Richi Bastante (ahora Nuba), y señalábamos atrás, para que se encargaran de ella. Está claro que debo abandonar cenas copiosas…
He cerrado mi cuenta de Caja Burgos. Me costó, por el afecto al terruño, pero tras haberme cobrado 45 euros en comisiones sin contraprestación aparente, prometí indagar y vengarme de la única manera a mi alcance: el daño reputacional, lo que ahora cumplo.
Entretenido adiós,
Alberto.
Queridos amigos:
El instinto cultural nos hizo reparar pronto tanta “disipación” y cogimos tranvía (y transbordo de metro) hacia el puente de la Exposición. El río Turia fue desviado de su curso en 1957 a causa de la extraordinaria gravedad de su enésimo desbordamiento (la iglesia de Santa Mónica conserva una señal con el nivel de la inundación, a dos metros largos, y eso que está bien alejada, como el Ayuntamiento de Burgos; nota mental: igual sería bueno abrir el regalo por contestar la pregunta en “el programa” a este respecto). Su antiguo cauce fue ajardinado y dotado para el ocio, y ahora es amplio lugar de esparcimiento para los valencianos (y algún gato con caracteres leoninos, por tamaño, no por severidad). Al otro lado caen el convento de Santo Domingo o el monasterio del Temple, seguramente dignos de una atención pormenorizada que no podíamos darles.
Desconocido para el gran público, el museo de Bellas Artes presume de ser la segunda pinacoteca de España, y no extraña, a tenor del volumen de obras expuestas, que van desde el gótico y el Renacimiento (citando ineludiblemente a Vicente Macip) hasta los siglos XIX y XX, gracias a un reciente legado. Se hace un tanto interminable, si bien hay que resaltar un sublime Ecce Homo de Juan de Juanes (que hace un alto en la cruel tortura inflingida para mostrarnos una infinita nobleza, serenidad y ternura), las salas temporalmente dedicadas a su discípulo Nicolás Borrás (el cual pintaba “como por arte de magia”), Ribaltas, unos Velázquez (Autorretrato), Riberas, Goyas o lienzos menores de Sorolla, sin pasar por alto Boscos, Murillos o Van Dycks. Ya cerraban, y poco pudimos detenernos en la recuperación del azulado patio del palacio del embajador Vich, la exposición de piezas arqueológicas o la anexa Academia de San Carlos.
Por fortuna, las Torres de Serranos tienen el paso siempre franco, como una gigantesca tienda de caramelos a su vera. Callejear constituyó nuestra ocupación hasta la hora de la cena (calcamos la comida: pescado azul y paella valenciana, y un vasazo de cierta cerveza madrileña recuperadora en frío de casi todas las fatigas del universo mundo). Además, y lleno de un inusitado espíritu de prodigalidad, dejé abundante propina, al grito de “Que se note que somos de Madrid, que no somos catalanes”. Tiene su guasa...
Por unir el antes y el después, recorrimos la plaza Redonda, que conserva los cuchitriles que venden productos de mercería (como hilaturas, bordados o encajes), en abigarrada disposición, de forma que a este rincón también se le denomina El Clot (en castellano, “El Hoyo”). Da a las traseras de la iglesia de Santa Catalina, actualmente en proceso de restauración, cuyo esbelto campanario ya he mencionado. A continuación nos llegamos (giro en desuso) al Almudín, que fue el almacén de grano de la ciudad. Al lado estaban unos restos árabes, el palacio del almirante Aragón o la iglesia de San Esteban, de cuya pila bautismal salen los bebés predestinados a no fallecer de accidente, según tradición.
También en las inmediaciones quedaba el museo de la Ciudad , que alberga la cripta de la Cárcel de San Vicente Mártir (capilla funeraria de época visigoda). La del Palau es la única puerta de la catedral que quedaba por citar, de decoración más sencilla, y se halla frente al palacio arzobispal, el cual comunica con el templo mediante un pasadizo (nunca mejor apelativo pues pasa gente continuamente y no hay forma de fotografiarse). Al ladito del hotel quedaban sendas iglesias: las de San Martín y de San Juan de la Cruz
Todos estamos a punto de fenecer,
Alberto.
Queridos amigos:
La dosis periódica de exposiciones fue cumplimentada con “Heroínas”, dedicada no a las drogas sino a las mujeres de carácter fuerte y que han dejado su impronta en la Historia y el Arte. No me desagradó, pues los cuadros de corte historicista del prerrafaelita John William Waterhouse que conforman la mayoría siempre gustan, pero la catalogué como desigual (contadas obras maestras, de Caravaggio, Goya o Frida Khalo) y como reivindicación feminista un tanto forzada. Mucho aportaba la motivación más profunda que daban a la presencia de autorretratos, por la cual el personaje femenino trasciende de su tradicional rol de modelo para ocupar también el de creadora.
Mi piso de Madrid cuenta con una nueva obra de arte en sus paredes. Se trata de “La Libertad guiando al pueblo”, obra de los hermanos Arnaiz (mi tía Rosario y mi padre, a quienes tanto se lo agradezco, en público y en privado), muy levemente inspirada en el cuadro homónimo de un tal Eugène Delacroix, expuesto clandestinamente en el Louvre. Hará merecida compañía al Cristo de S. Juan de la Cruz, de Salvador Dalí, de mi cuarto. Quienes los visiten contarán con una explicación semejante a la que daba la abuela Ana sobre “La Fragua de Ciriano”, otro lienzo de los que hemos dejado una copia al Prado.
El título (“¿De qué te mofas? Estamos hablando de ti”) se me puede aplicar a la perfección tras la caída que sufrí (solo) nada más entrar al campo en un partido de Yonmoñaco. No diré, por mis nulas aptitudes para el deporte, que es la acción más vergonzosa que he protagonizado sobre un terreno de juego, pero es para que los contrarios te pierdan el respeto y para que quede por 2 años serigrafiado en la camiseta.
Sin que se me tache de comercial o “blandito”, fui a ver “Sin Compromiso”. En mi descargo puedo decir que eligieron por mí. Va de dos follamigos, con la variante de que es él quien es más serio y formal y es ella quien pretende evitar encariñarse. Tiene algún momento cómico, como cuando él se despierta desnudo tras una curda descomunal en el piso compartido de ella o cuando prepara un disco compacto con canciones relacionadas con su menstruación. Natalie Portman es atractivilla (incluyo esta valoración so pena de que buen número de mis amigos me dejaran de hablar) y Ashton Kutcher tiene idénticas cualidades interpretativas que su trasero (mostrado para deleite de las chicas de la sala).
Por fin fue emitido el programa en Veo 7. Me vi bastante guapo y serio, rollo “chulazo”, aun con coronilla, si es que ambos términos pueden compartir frase sin neutralizarse.
Hora era de que hubiese espacio para dos libros, aunque, afortunadamente, los acontecimientos para ser narrados no faltan:
- “La Tabla de Flandes”, de Arturo Pérez Reverte: entretenida historia que mezcla ajedrez, arte e intriga policíaca. Una restauradora descubre una inscripción oculta en un cuadro flamenco del siglo XV que propone un enigma, cuya resolución se complica por los asesinatos que se van produciendo en su entorno.
- “White Fang”, de Jack London: el periplo existencial de un lobo perruno da pie a contar con maestría en el manejo de los tiempos narrativos la evolución que sufre su carácter. Atina al cuasi-humanizarle, entresacando los rasgos puramente animales o debidos al instinto de los ocasionados por el aprendizaje ante la vida.
Cordialísima despedida,
Alberto.
Queridos amigos:
El tercer mandamiento prescribe santificar las fiestas, y los católicos lo cumplimos, entre otras, mediante la Eucaristía dominical. La oímos en la capilla del Santo Cáliz, rincón especialísimo. Aparte de sus preciosas trazas góticas, contiene el Grial mejor documentado que hay en el mundo. No estoy diciendo que se trate de la reliquia que empleó Jesucristo, pero sí que ha podido ser rastreada a lo largo de la Historia hasta tiempos muy remotos. La homilía, sobria y bien articulada, me gustó especialmente.
Como no sólo de pan vive el hombre, al lado de la torre de Santa Catalina hay un par de horchaterías familiares de las de siempre y, precisamente en una llamada El Siglo, estuvimos desayunando un chocolate con “fartons”, y me reconocieron por el programa.
Por estar a quince literales metros de nuestro hotel, no podíamos dejar de visitar el Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias “González Martí” (por su principal donante). Está ubicado en el palacio del Marqués de Dos Aguas, el cual destaca por su fachada de alabastro, de Hipólito Rovira e Ignacio Vergara (siglo XVIII), dedicada a la Virgen del Rosario (patrona de Hormaza, el pueblo de mi padre, en Burgos y cuya principal efeméride es la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571). Se estudia en los libros de arte, por sus atlantes similares a los esclavos de las tumbas de Miguel Ángel y sus veladuras. La primera planta conserva el carácter nobiliario, presentado al estilo del madrileño Museo del Romanticismo, y la segunda está dedicada a la artesanía, contando incluso con una cocina completa. En la planta baja se depositan los suntuosos carruajes.
Una llamada de felicitación a Cristina por su retoño, que viene al mundo con todo un emporio agropecuario bajo el brazo, precedió al viaje en autobús con destino a la playa de la Malvarrosa , pasando por el barrio del Cabañal, cuyos pescadores plasmó Sorolla magníficamente. Blasco Ibáñez tenía allí su segunda residencia, que se ha convertido en casa-museo. Más que su contenido (cariátides en el frontal, mesa de mármol en la terraza o una serie de objetos personales), que de por sí es prescindible, lo que aporta es un recorrido por su mundo interior (republicano cuando casi no había, pionero en la Argentina , guionista cinematográfico en sus albores) y recordatorio de su magna obra.
El mar invita a pasear a su vera (al fin y al cabo, “yo nací en el Mediterráneo”) y a las fotos. Colaboraron con nosotros una pareja de chicas que tenía toda la apariencia de haberse conocido en un chat e ir al Diario de Patricia a continuación. Aparte de haber realizado un sueño por persona interpuesta (aupé a un niño a machacar en una canasta), me encantó una maravillosa (por sencilla) fuente del Paseo Marítimo que representa una embarcación típica en la cual el casco era de aluminio y las velas, de haces de agua. Nada lejos quedaba ya el restaurante La Pepica. Conseguimos la última mesa sin reserva y sin espera, y tras unos entrantes variados (ensalada de la Reina , boquerones, pan tostado con alioli), dimos cumplida cuenta del abundante (y no demasiado barato) arroz de la casa (con gambas peladas y trozos de pescado) y el postre (abonados a la tarta de queso con arándanos). Para digerirlo, nada mejor que una mistela y una caminata hasta el Velas y Viento (construido con motivo de la Copa América ), junto a diversas sedes de los equipos participantes), desde donde se atisban el circuito de Fórmula 1 y puerto.
Con la misma sensación de celeridad llegará la siguiente crónica,
Alberto.
Queridos amigos:
Por desdramatizar un poquitillo os contaré que ir a correr por el Parque del Oeste se está convirtiendo en una experiencia alienígena. Ahora que se han puesto de moda collares para perros con luces brillantes e intermitentes, parecen encuentros en la tercera fase. Si a eso le sumas las nuevas y sorprendentes variedades de pájaros tropicales que anidan ya todo el año al abrigo de la polución de la urbe, con colores verde Fukushima algunos o verduzcos con penacho amarillo y cola roja otros, o palomas que se lanzan furiosas a por carne adherida a huesos de pollo, te vuelves ornitófobo de puro pánico, no por odio.
Siguiendo con el tono jocoso aunque totalmente veraz, el otro día fui al dentista con el tiempo pegado, como es “norma” de la familia. Me habían pedido unas radiografías bucales y cogí a toda prisa un sobre que había en mi armario. ¡Cuál no sería mi sorpresa (y la de la odontóloga) cuando saqué nítidos los huesos del tobillo, con el clavo intacto!
El título dice que “la ignorancia es lo que provoca el miedo”, y hay que eliminarla, esto es, vuelve a ser momento de retomar los buenos hábitos, como las exposiciones, porque el peligro de la vuelta al rebuzno, o lo que es peor, a ver la televisión profusamente, siempre está presente. No exceptúo ni el retorno de Pepa y Avelino, esta vez en Veo 7. En la Fundación Mapfre mostraban “El esplendor del Románico”, con numerosas obras procedentes del Museo “Nacional” de Arte de Cataluña. El sesgo catalanista es patente desde el título de la institución a los recuadros explicativos (equiparando a esa región con países de verdad, y ni siquiera existentes en la época), pasando por la presencia de piezas de “la franja” (de pueblos de la provincia de Huesca pertenecientes a la diócesis de Lérida, cuyos elementos artísticos han sido objeto de fiero litigio, pues salieron de forma indebida de Aragón y todavía no han sido devueltos, conforme a la sentencia). Dejando esto aparte, me sorprendieron varios detalles: un programa de mano que añadía información y no la resumía, la técnica del “strappo” para trasladar los frescos a lienzo, las tallas de los capiteles, la policromía de la madera en los frontales de altar y en los baldaquinos, algunas especialidades de la zona (la doble mandorla o las Vírgenes pantocráticas), la preeminencia de los talleres orfebres de Limoges o un par de maravillas como una custodia en forma de paloma (recordemos que en la Eucaristía se invoca al Espíritu Santo en la transubstanciación) o la Majestad Batlló, que representa a Cristo triunfante aun en la cruz (mediante la apertura de sus ojos y ropajes suntuosos).
No suelo narrar, por periódicos, los viajes a Burgos. Por ello, me he dejado en el tintero actividades interesantes, como la muestra de Warhol (el concepto de “pop-art” es fascinante en su vertiente de hacer inmortal lo cotidiano o singular lo masivo) o el concierto de corales de colegios privados (de arraigada tradición en la ciudad). Voy a correr a lo largo del Vena, río que ha sido recolonizado por los patos, los cuales se han hecho enormes, tanto que ofrecen un blanco fácil a los niños que, cuando nieva, les lanzan bolazos. No voy a resistirme a bautizar esta cinegética como “tiro al p(l)ato”…
No me consagraré por esta reseña:
- “Cuentos Municipales (2)”, de varios autores: librillo de regalo de una casa editorial con relatos más o menos relacionados con una serie de ciudades españolas. Destacan el de un canario que se jacta de haber ido a recorrer mundo y no pasó de Barcelona o un triángulo amoroso triste ambientado en Santander.
Abrazo inabarcable, Alberto.
Queridos amigos:
Ana es un auténtico torbellino, y tuvo a bien acompañarnos el resto de la velada. Antes de verla, entramos a la inmediata basílica de Nuestra Señora de los Desamparados. Emociona la profunda devoción que le tienen los valencianos, con el apelativo cariñoso de “la cheposilla”. Además, siempre hay un ventanuco en la puerta para quien quiera verla, para cualquier momento de tribulación en medio de la noche. A todo esto, cabe percibir que es una diócesis viva, con participación abundante y de todas las edades en los actos religiosos, y eso alegra profundamente. El arzobispo Osoro ha continuado la labor pastoral de monseñor García-Gasco con alentadores resultados. Del recinto propiamente dicho hay que reseñar la cúpula oval al fresco, por Acisclo Palomino.
Ya había anochecido cuando nos encaminamos hacia las Torres de Serranos, gemelas, de imponente sillería pétrea, masivas, impávidas desde el siglo XIV. Ascendimos hasta la cumbre para tener esa sensación de tranquilidad ante los enemigos por su robustez. Muy similares son las Torres de Quart, diseñadas por el omnipresente Pere Compte y con apreciables destrozos de la Guerra de la Independencia , que dejó su superficie como una cara picada de viruela. Como eran puertas de paso (como la del Real) y se cerraban por la noche, pudieron haber originado la expresión de “quedarse a la luna de Valencia”.
Callejeamos por el barrio del Carmen, con abundantes paradas (y fondas) para repostar de cerveza (Alhambra o Mahou; me quedé sin probar alguna autóctona). Entramos a un bar “hiper-glam”, donde todos los camareros tenían pinta de residir en Sodoma y veranear en Gomorra, e incluso un@ estaba travestido/transexualizado, provocando comentarios de envidia de mis acompañantes para con sus posaderas. No acabó allí nuestro contacto con estos especímenes (Ana se los lleva de calle), porque nos topamos con una pareja de jovencito apuesto (a quien alguna bien hubiera intentado reorientar sexualmente) y viejo con cara de vicioso que estaban peinando a una Barbie que tenía incluso nombre de pila (Concepción) y dos apellidos (sería extraordinariamente preocupante que los recordase). Estábamos buscando un restaurante con la silueta de una flamenca en la puerta, y todas las indicaciones eran contradictorias, de resultas de lo cual nos recorrimos la zona de cabo a rabo (¡menudo párrafo más equívoco me está saliendo!), viendo hasta la iglesia del Carmen, en la plaza del mismo nombre. Por fin nos aposentamos para cenar: “esgarrat” (migas de bacalao con pimiento asado, en esta versión), calabaza confitada con piñones y queso al graten, sobrasada con cebolla caramelizada y emmental (por lo visto, combinación típica en la zona, pues la vimos en otro sitio denominada como “bocadillo Almusafes”; el pueblo de la factoría de Ford), entre otras raciones, con cerveza mezcla de Damm normal y Voll-Damm (salía una tostada muy similar a la Águila Dorada o a la Amstel Clásica , que de ambas formas la he visto), y, para concluir, unas mistelas (vino dulce). Tanto tiempo sin vernos merecía acabar con unas copas de cava de la tierra (Nodus; promocionan bien sus productos frente al expansionismo catalán). A la vuelta, pasamos otra vez por edificios sobre los que no habíamos ni reparado, como el Palau de la Generalitat, y su recogido y diminuto (esto es, sincopándolo, la definición de recoleto) jardín con naranjos, al estilo sevillano. He de decir también que, por mucho que nos cundiera la visita, dejamos un montón por ver, como el IVAM (centro Julio González), la casa-museo José Benlliure (el hermano menos conocido) o el museo del Siglo XIX, por citar sólo huecos de la propia zona.
Buenas noches,
Alberto.
Queridos amigos:
Al igual que la escaleta modula los contenidos de un programa radiofónico o televisivo, dando más importancia a las primeras narraciones, he de aprovechar estos momentos en los que aún mantengo la atención incluso de los que leen en diagonal (¡como si al cabo del día leyesen escritos mucho mejor redactados o estuviesen ocupadísimos salvando el mundo!) para pediros que donéis sangre. Como suelo apuntar, aparte de la intrínseca bondad de la acción, es insustituible: nadie lo puede hacer por vosotros ni fabricarla.
Ya que estamos a vueltas con la salud, mayor bien incluso que el trabajo, rezaré por doña Esperanza Aguirre. Como decían los comentarios en el blog de don Federico, “no saben esas células metastáticas con quién se la están jugando”. Lo personal prima ante su labor de gobierno (y oposición), y lo primero es su pronta y absoluta recuperación. Llega además en una época en la cual soy cada vez más escéptico y detesto a la totalidad de la clase política española (a excepción de ella), porque no he conocido otra. Es una mezcla de corrupción, apego a la poltrona y cainismo. Me gustaría que tuviera el valor de presentarse sin el Partido Popular, con un discurso de verdadera regeneración. El problema radica en que, para la doctrina comúnmente imperante en nuestros partidos, cualquiera que se atreva a interrumpir el hilo del discurso es un sedicioso. Como afirmaría José Luis González Quirós, en el fondo, los (dos) líderes temen a hablar con claridad, y reservan su escasa elocuencia para insultar al contrario, sin caer en la cuenta de que a quien en verdad menosprecian es al elector, que esperaría de ellos algo más que enfrentamientos rituales, sino una auténtica discusión de ideas, pero eso les parece muy peligroso y prefieren mantenernos a dieta de eslóganes. Por eso, aun manteniendo las reservas porque el sistema pesa demasiado y porque su praxis no es tan liberal como su predicado, “esperemos” que nuestra Espe sea diferente, sin perder su contundencia.
Voy a rajar un poco más, porque “el enfado es una locura transitoria”, según el título. Aunque nada de la temporada esté resuelto todavía, hablaré de fútbol. El Barça podrá ganar o perder, pero ha triunfado ya en la batalla de la imagen, aparte de sus virtudes, por deméritos ajenos. El fichaje de Mourinho por el Madrid ha acabado de retratar a ambos. El todo vale, el hacer enemigos gratuitamente o la soberbia infinita unen a club y técnico. Se me ocurren dos comparaciones con entidades que no son obviamente de mi agrado. Como Rafa Nadal, si está en plenas condiciones, jamás puede perder; siempre son las repentinas lesiones, la fatiga, blablablá. Para eso (y para ver jugar al tenis) prefiero a Federer: si el otro es mejor que tú, lo admites y punto, y si quieres llorar, pues te desahogas y ya. Al igual que el desgobierno sociata, nunca tiene la culpa, por palmariamente inepto que se muestre; es especialista en confeccionar cortinas de humo y ya se encargarán los palmeros de jalear la insensatez y de azuzar el debate.
Por fin tenemos espacio para la literatura:
- “El Abismo en el Tiempo”, de H. P. Lovecraft: mi primer contacto con uno de los escritores más conocidos de la ciencia-ficción no me defraudó, aun con mi escaso interés por el género. Un profesor universitario sufre un parón en su mente y comienza a presentar comportamientos anómalos. Descubre que se debe a que está siendo utilizado por una civilización ni humana ni extraterrestre que pobló la Tierra previamente, para poderse perpetuar en el futuro. ¿Inteligible?
Cordial despedida,
Alberto.
Queridos amigos: La sobremesa transcurrió en la plaza del Ayuntamiento, que en breve tomará el nombre de doña Rita Barberá. El edificio presenta un conjunto escultórico reseñable, obra de Mariano Benlliure, el miembro más insigne de una fecunda dinastía, y vistosas torres (la del reloj y las revestidas de cerámica). Completan este paralelepípedo el Ateneo Mercantil, la sede de Correos y Telégrafos (deudora del Palacio de Comunicaciones de Cibeles, obra de Palacios) y el antiguo cine Rialto, y en medio, varios puestos de flores. Por las callejuelas abundan las tiendas de moda fallera, de tanta riqueza como recargo. La plaza de la Reina constituye la antesala de la Catedral , y para probar la chufa, nada mejor que un helado de tal sabor mientras se palpa la reproducción para invidentes de este monumento. Accedimos por la puerta de los Hierros, barroca, con dinamismo al estilo berniniano. Una audioguía nos desentrañó sus misterios, como los lienzos de Goya en la capilla de San Francisco de Borja (no me resisto a citar la conversión de este noble, de la familia más conocida por los Borgia, italianización de su apellido, quien, al contemplar los restos corrompidos de la otrora bellísima emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos I y de quien estaba platónicamente enamorado; prometió “jamás servir a señor que se le pudiese morir” e ingresó en los jesuitas), la capilla con los restos de Santo Tomás de Villanueva (patrón de Infantes), la Virgen del Coro (en curiosa coincidencia con San Sebastián, que protege a las embarazadas, quienes deben dar nueve vueltas al perímetro interior), los frescos recientemente descubiertos y, en mi opinión, restaurados con exceso de celo, en la capilla mayor, los alabastros de la capilla de la Resurrección, o el cimborrio en dos cuerpos (apreciable por aquellos que no sean de Burgos) o la custodia procesional, en expiación por haber sido fundida la anterior por las hordas rojas en la Guerra Civil (sí, voy a opinar: cuando oigo hablar de la “memoria histórica” a quienes tienen tanto que callar, por sus manos empapadas en la sangre de miles de mártires, pierdo las esperanzas de una verdadera reconciliación y constato que nos hacen retroceder hasta algo que deberíamos haber superado si queremos ser nación). Por destensar, quien no estaba en el recorrido previsto era la explosiva Carmen Alcayde, acompañada por una amiga igual de llamativa, que parecía haber olvidado la falda en casa, lo cual es sin duda indumentaria extraña para un bautizo, aun vestida de blanco. Siempre que hay una torre, suele merecer la pena subir. En este caso, la escalera de caracol del Miguelete únicamente tiene 207 escalones, de tal manera que su altura equivalga a su contorno, y contemplar esta ciudad desde lo alto es imprescindible. El nombre se lo debe a su grandiosa campana (de 11000 kilogramos ; hay once más), y doy fe de que, si pasas por debajo a las horas en punto, te atruena y te vibra sobremanera. El descenso nos llevó a la puerta de los Apóstoles, gótica, de Nicolás de Autun, frente a la cual se reúne cada semana el milenario Tribunal de las Aguas (constituye el órgano jurisdiccional más antiguo de Europa). Soluciona conflictos entre regantes de manera oral, en lengua vernácula y sin apelación. En la misma plaza de la Virgen está la fuente con la personificación del río Turia. Es punto de encuentro premeditado o casual, como el que presenciamos al hilo de unas fotografías entre unas mejicanas y unos italianos, corroborando su fama de conquistadores chabacanos. Allí quedamos con mi amiga Nácher, de los tiempos del Isabel, pero su presencia merece un punto y aparte, así que me despido por ahora, Alberto. |
Queridos amigos:
“Si fuera más guapa y un poco más lista, si fuera especial, si fuera de revista, tendría el valor de cruzar el vagón y preguntarte quién eres.” Va a ser una crónica larga y un tanto especial, por incorporar la letra de una preciosa y tristísima canción de La Oreja de Van Gogh (“Jueves”, del disco “A las 5 en el Astoria”), supuestas filiaciones políticas aparte.
El pretexto de estas líneas es el viaje que realicé a Torrejón de Ardoz con motivo de la grabación de un concurso (el Trivial Pursuit, de Veo 7, presentado por Silvia Jato, bastante menos estirada que en mi anterior experiencia con ella, en Pasapalabra) y las reflexiones que me fueron surgiendo. La primera de todas, en el trayecto, un par de transbordos en el Cercanías, es el enorme valor de vivir en el centro de la ciudad, en lo que coincido plenamente con la opinión materna. El tiempo que pierdes en estos desplazamientos lo restas directamente de tu vida útil. Creo que sí se debe pagar el peaje en el precio de la vivienda, y más con una cierta aversión al coche, como la que tengo.
“Te sientas enfrente y ni te imaginas que llevo por ti mi falda más bonita, y al verte lanzar un bostezo al cristal, se inundan mis pupilas.” La segunda consideración es el desarraigo que debieron de sentir los pioneros en las migraciones interiores masivas de los sesenta y setenta. Esas poblaciones crecieron casi por aluvión, sin demasiada planificación urbanística, y el entorno que encontraron era, cuando menos, del todo desconocido para ellos, cuando no directamente hostil. Como descendiente de ellos, si bien en otra ciudad, hay que reconocer mérito y lo fáciles que nos han puesto las cosas.
“De pronto me miras, te miro y suspiras. Yo cierro los ojos, tú apartas la vista. Apenas respiro: me hago pequeñita y me pongo a temblar.” El tercer punto es la enorme extensión de la red de transporte público en la Comunidad de Madrid. Hay numerosas correspondencias con el ferrocarril metropolitano (bueno, el metro, que es el medio que de verdad me gusta) y los autobuses interurbanos, de forma que pueden parecer incluso redundantes. De todas formas, las inversiones en infraestructuras suelen ser rentables.
“Y así pasan los días, de lunes a viernes, como las golondrinas del poema de Bécquer. De estación a estación, de frente tú y yo, va y viene el silencio.” El cuarto esbozo es constatar lo similares que son todos los suburbios. Un tipo de cultura, y con ella, sus más visibles manifestaciones como los “graffiti”, se ha extendido por el mundo, con independencia de fronteras. He estado tentado de anteponer un “pseudo”, pero no hay que despreciar nada por el mero hecho de no compartir los parámetros clásicos. El tiempo lo cualificará y dirá si es digno de ser conservado, como las huellas de Laetoli.
“De pronto me miras, te miro y suspiras. Yo cierro los ojos, tú apartas la vista. Apenas respiro: me hago pequeñita y me pongo a temblar.” Con el estribillo toca cambiar radicalmente de tercio y “hablar de mi libro”, como Umbral. Procurando no sonar pretencioso, podría aplicárseme con fidelidad la expresión de “quién te ha visto y quién te ve”. Acostumbrado a que una lujosa berlina de empresa me recogiera a la puerta del hotel para recorrer los apenas cincuenta metros que nos separaban de Televisión Española, ahora no había ni un mísero coche de producción, y el trayecto quedaba por tus medios. De unos estudios con todo tipo de medios, he tornado a naves destartaladas. De maquilladores profesionales he pasado a afeites aplicados con premura (un desastre para quien le haga falta, lo que no ocurre), y para lo único que mejoraba, que es una encargada de vestuario, se mostró intervencionista, escogiendo prendas que no pensaba yo ponerme. De cuotas de pantalla de hasta el 13%, he bajado a la horquilla 0,5%-0,9%.
“Y entonces ocurre: despiertan mis labios, pronuncian tu nombre tartamudeando. Supongo que piensas qué chica más tonta, y me quiero morir.” Las preguntas no estaban sacadas del juego de mesa, por si alguien se malicia un conflictillo de intereses. La mecánica del concurso implicaba rondas eliminatorias y un bote que se iba acumulando, parte para el superviviente de los de plató, por las preguntas acertadas de quesito y de las finales, y otra para un ente denominado “España” (afortunadamente muy poco representativo de esta gran nación). La condición para obtener premio era haber dejado en la cuneta a tus compañeros y superar en cantidad a esa especie de “banca”. En la primera ronda no me clasifiqué directamente, sino en la repesca. En la segunda, ya mano a mano, comencé entre dubitativo y fallón, pero una vez cogí el turno con fijeza, ya no lo solté. Para la tanda de conclusión, me formularon cinco cuestiones, de las cuales marré dos, asequibles, por un recuerdo equívoco de una exposición del Monasterio de Piedra y por mi absoluto desprecio por el cine español (continúa sin pesarme aun con eso), de forma que no podía optar al bote ni a continuar en el programa, si bien obtuve magro premio (y encima antes de la voracidad hacendística).
“Pero el tiempo se para; te acercas diciendo: yo aún no te conozco y ya te echaba de menos, cada mañana rechazo el directo y elijo este tren.” En suma, hice lo que debía ante dos contrincantes de conocimientos menos enfocados a este tipo de contiendas, si bien de mucha más altura física, como resulta evidente en las plataformas de los atriles. Acerté las que sabía (veréis que en algunas lo achaco a la suerte, en una manida táctica para que no se me viese repelente) y no atiné las que ignoraba. La vertiente negativa es la escasez del botín, aunque a cambio he constatado que hay existencia después de Saber y Ganar y que se puede ir “a lo que caiga”, sin una tensión asfixiante como ésa. Será emitido el 19 de marzo, sábado, San José, un poco antes de las ocho de la tarde.
“Y ya estamos llegando, mi vida ha cambiado: un día especial este 11 de marzo. Me tomas la mano, llegamos a un túnel que apaga la luz.” Como sabéis perfectamente, este tema musical tiene un contexto, el 11-M. Sería interminable volver ahora a los enfrentamientos de aquella época o recriminar el más flagrante delito electoral que vieron los milenios, pero lo cierto es seguimos queriendo saber quién los cometió o por qué se han ocultado las pruebas. Sobre una herida cerrada en falso, no se puede avanzar. La responsabilidad de los actuales gobernantes será depurada en otros tribunales. Me pongo trascendente, pues he perdido la confianza en los terrenales. Es menester convertirse en convertirse en “colaboradores de la verdad”, como el encabezamiento, el cual es precisamente el lema episcopal de Benedicto XVI. Por encima de todo, quiero despedirme recordando a las víctimas, con las que compartí metro a metro de esa vuelta en tren (y cualquiera hubiera podido sufrir la misma suerte), con la congoja en el alma ante tamaña atrocidad y ante tamaña actuación rastrera después del atentado. No lo dudéis: tendréis vuestra justicia, pronto o más tarde; de momento, nuestra compasión.
“Te encuentro la cara gracias a mis manos, me vuelvo valiente y te beso en los labios. Dices que me quieres, y yo te regalo el último soplo de mi corazón.”
Alberto.
Queridos amigos:
Azahar en una piel es color y es aroma, y es calor que entibia las entrañas… Así como dejé para el final de las crónicas lisboetas la dedicatoria, desde el comienzo agradezco de esta manera la compañía en estas jornadas tan maravillosas como bien aprovechadas.
No os preocupéis por estas efusiones de lirismo, puesto que no sobre-ejercitaré mi faceta creadora, y tampoco por las disquisiciones eruditas, que tan poco casarían con el espíritu de la visita, más cerca del goce de los sentidos que de lo estrictamente cultural.
Aprovechamos las tarifas promocionales por la reciente inauguración del AVE, y en poco más de hora y media (desayuno de bocadillitos amenizados por unas picotas fuera de temporada) nos plantamos en el centro de la ciudad. Apenas nos percatamos de la copiosa nevada en la provincia de Cuenca ni del controvertido y espectacular paso de las Hoces del Cabriel (cuyo interés ecológico disminuyó para Bono y Barreda una vez que Álvarez Cascos dejó de ser ministro de Fomento). Bien es cierto que la nueva estación (Joaquín Sorolla) queda algo más lejos que la antigua (Norte), cuya capacidad había quedado desbordada. Un paseo breve nos dejó en el hotel, y sin que el horizonte de las vistas desde la habitación fuese dilatado, el panorama era del todo inmejorable.
Recomiendo encarecidamente una ubicación en la “ciudad vieja” (que no decrépita), por la facilidad para llegar en nada a todos los sitios y la abundancia de transportes públicos en el caso de querer desplazarse a las afueras. Así, en el entorno de nuestro alojamiento, a escasos segundos caminando, se encontraban las tiendas de Bulgari y del florentino Salvatore Ferragamo. Bien, dejando aparte tamaña frivolidad, anduvimos hasta la plaza del Patriarca (San Juan de Ribera, figura siempre a caballo entre la política y la religión, exponente de la tensión entre el rey de España y el Papa por el control de la Iglesia , afortunadamente superada hoy en los países católicos). En ella se encuentra el Real Colegio del Corpus Christi, cuya iglesia, enteramente decorada al fresco, impacta por la incidencia de la luz cenital, que potencia el colorido (por hacer un breve inciso, esta conjunción hace sobrevalorar los entornos en los que se produce; el ejemplo más obvio es la catedral de León), amén de una monumental Última Cena, de Ribalta. Precedida por una fuente se halla la Universidad Literaria. No se imparte docencia, sino que tienen lugar actos culturales. A sus clases acudió el humanista Luis Vives (cuya estatua preside el claustro de dos pisos) y conserva valiosos volúmenes, como la primera edición del Tirant lo Blanc y Les Trobes en Lahors de la Verge María, que pugna con el hace nada citado Sinodal de Aguilafuente por la prioridad en haber sido impresos en España. Tanta digresión da un hambre tremebunda, lo que nos hizo acudir a la zona del Mercado Central a comer. Como hacía sol, nos sentamos fuera, en una freiduría justo enfrente, y pedimos pescado frito, sepia a la plancha, tellinas (unas almejitas) y alcachofas fritas. Al lado, un “rockabilly” no cesaba de tocar música “country”, como si estuviésemos en el Tennessee profundo. Por volver a la Península Ibérica , la iglesia de los Santos Juanes es citada con frecuencia por Blasco Ibáñez, cuya conmemoración de nacimiento ocurría por estas fechas. Se conservan las garitas bajo su atrio para los artesanos, mencionadas en Arroz y Tartana, y vienen a la memoria los abandonos de niños turolenses entre el fragor de la feria que allí solían ocurrir, porque sus padres, que bajaban a vender, no podían hacerse cargo de su manutención, y esperaban que algún alma caritativa les acogiese, según relata. Por no dejar mal sabor de boca, ninguno dejó de prosperar.
Hasta la siguiente,
Alberto.
Queridos amigos:
Tampoco era el mejor momento para visitar la calleja de las Flores. Aun sin geranios y gitanillas en sus macetas, resulta alegre, con la silueta de la torre catedralicia. Por puro histrionismo, me hice unas fotos con los mimbres de una flamenca y su rojo mantón.
Una cita ineludible con la restauración autóctona la constituyen las Bodegas Campos, donde paladeamos salmorejo, flamenquines y rabo de toro (sin desbancar a la receta de mi progenitora, por supuesto), acompañado de vino tinto joven de la denominación de origen de la provincia (amontillado; menos peligroso sin Poe) y, para los postres, tarta de queso con confitura de mora y dulce de membrillo con helado de queso de tetilla, rematándolo con un Pedro Ximénez fresquito con almendras). Estaba todo excelente, lo que, unido al entorno y a quien se sentaba enfrente, hasta cabría decir que apasionante.
Una vez saciados, y curioseados los barriles firmados (incluso Tony Blair disfrutó de estos manjares), comenzó el diluvio. Esa tarde, en mi opinión, superó todos los registros pluviométricos en una ciudad en la que hasta a los confesionarios tienen que acoplarles un ventilador. Por más que anduvimos soportando la pertinaz lluvia bastante tiempo con un paraguas de faralaes que adquirimos a costa de un riñón, al final tuvimos que cobijarnos en más de un portal (los canalones de la mezquita semejaban tuberías gigantes, henchidas de tanto desaguar). Así, el paseo vespertino, que podía haber resultado delicioso, fue infernal (si es que averno y mojadura caben en la misma frase). Por eso mismo, y por encontrarse cerrados tanto el museo de Bellas Artes como el museo de Julio Romero de Torres (suplo mediante vínculos), la vuelta por la plaza del Potro y su Posada (mencionada ya en Cervantes) fue necesariamente breve. Idéntico razonamiento cabe hacer de la iglesia de San Pedro, cuya fachada principal, que muestra la inequívoca tiara, es posterior a las laterales, de arcos ojivales y decoración mudéjar. En esa línea, tropezar con casas “okupa”, como nos pasó, resulta demasiado chocante.
La cuesta del Bailío y su entorno me aportaron los momentos más inolvidables de todo el periplo. Lo definen como un “trozo de cal y cielo”, y esta abrumadora simplicidad alberga metáforas colosales. En sí, la iglesia de los Dolores, con su devoto concentrado en oración, o el convento de los Capuchinos, con su atrio dedicado al novísimo beato fray Leopoldo de Alpandeire, no aportan mucho, pero ver bajo una lluvia fina y en penumbra al Cristo de los Faroles, calado y solitario, mientras los (pocos) peatones nos preocupábamos sólo de nuestro bienestar, refleja a la perfección las miserias del mundo.
Llega a su fin esta serie de crónicas. Quedan en el tintero numerosos personajes insignes como Lucano (autor de la epopeya poética de la Farsalia), Averroes (condensable mediante la expresión ficticia de “tomismo mahometano, pues pretendía la conciliación de Aristóteles con el Islam), el Gran Capitán, la saga de los Hernán Ruiz (arquitectos del XVI), Góngora (el culterano del Siglo de Oro) o Mateo Inurria (escultor en la transición del XIX al XX), mas, aunque aprovechamos bastante bien la visita. No da tiempo para todo. Un fin de semana, que, en realidad, no llega a día y medio, se hace pelín escasillo. Con una reseña de otro cordobés, me despido hasta el siguiente viaje:
- “Don Álvaro o la fuerza del sino”, del Duque de Rivas: esta otra obra tan emblemática del teatro romántico alterna partes en verso con la prosa, y contiene todos los elementos del género (seducción, rapto, asesinato, duelos por honor, soldados y estudiantes, ermitaños y la imposibilidad de luchar contra los hados).
Alberto.
Queridos amigos:
Antes de llegar a la plaza de la Corredera, un escaparate dedicado al Cordobés, me hizo recordar un verosímil rumor según el cual habría estado comiendo, cuando todavía era maletilla (aspirante a torero), en casa del auténtico Verídico (mi tío José; inciso: como la familia vivía pegando al antiguo coso burgalés, tal afición le despertó que quería a toda costa dedicarse al oficio y el apelativo respondía a su objetivo de recuperar las esencias del arte clásico, y yo rescaté precisamente su apodo en sentido homenaje).
La noche concluyó con un paseo por un huerto, claro enorme en mitad de la villa donde se oía sobre todo el silencio. Tan desacostumbrado estoy a llevarme (física, que no metafóricamente) a alguien a tal lugar que no he sabido encontrarlo luego en el mapa…
El domingo por la mañana amaneció nublado. Para comenzar el día, conviene alimentarse a conciencia, lo que hicimos en el desayuno ilimitado de nuestro alojamiento y que compartimos con un grupo de apicultores de procedencia aragonesa visible a varias leguas de distancia. La primera parada era el Alcázar de los Reyes Cristianos. Ofrece piezas únicas, como los excepcionales mosaicos romanos, partes por excavar, como la plaza de armas, vistas espléndidas desde cualquier torre (Palomas, Inquisición, Homenaje y Leones), recuerdos pretéritos, como el patio mudéjar, o agradables paseos por sus amenos jardines, colmados de rosas y nenúfares. Voy a parar de glosar lugar tan fotografiable, porque me arriesgo a preguntar a qué huelen las nubes.
A la salida, junto al busto de Almanzor (lo suyo no era la misericordia, pues, como anécdota, tras saquear Compostela, hizo bajar a Andalucía las campanas de su catedral a lomos de los cautivos; en Calatañazor recibió su merecido, o no), pueden visitarse los baños del alcázar califal, si bien prescindimos. Lo que más apetece es perderse callejeando porque te vas encontrando con sitios interesantes. Así, con una ubicación en la que no cabe mayor autenticidad, nos metimos en un zoco, el centro comercial sin comillas de los talleres de artesanía. En plena Judería, siguiendo por callejuelas tortuosas, nos topamos con la Sinagoga, de planta cuadrada y decorada a base de inscripciones veterotestamentarias en yesería. Más que la espectacularidad en sí, cuenta la novedad de un recinto sagrado judío, con caracteres hebreos que nunca había visto. Nada lejos se halla la placita de Tiberiades (lago fructífero en “pescadores de hombres”: Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-21; Lc 5, 8-11; Jn 1, 35-51), y, presidiéndola, el rostro afilado del filósofo Maimónides. Sin salir de la zona judía y sin buscarlo, nos tropezamos con una iglesia mudéjar que hasta hace nada ni si quiera se visitaba: la capilla de San Bartolomé. Tras el “progrom” de 1391, muchos judíos tuvieron que convertirse forzosamente, y se precisaban templos. Formó parte luego de la Facultad de Filosofía y Letras. Si bien es modesto, está delicadamente decorado (hasta el tronco de la palmera frente al atrio lleva una especie de “enchinado”, la pavimentación típica) con ladrillos vidriados, zócalos de alicatados y relieves de escudos de la Orden de la Banda (no os sonará; duró 150 años).
Como hasta María Moliner duda de su etimología, prefiero pensar que el origen de la palabra “gafas” se retrotrae hasta Mohamed al-Gafequi, un oculista del siglo XII cuya estatua se encuentra próxima (plazuela abierta frente al Hospital del Cardenal Salazar).
A pesar de que la cerveza más adecuada fuese la Mezquita, creada por el grupo Alhambra inspirándose en las esencias de Córdoba, me tomé en un barecillo una 1925 de la matriz, y tan contento. Con este buen sabor me despido,
Alberto.
Queridos amigos:
Las características apuntadas en la crónica anterior cobran gozosa realidad en el Patio de los Naranjos (antes, de palmeras), con sus fuentes purificadoras, y su torre, antiguo minarete (desde donde el muecín llamaba a la oración). He conservado la doble denominación, aun tratándose de un santuario católico, por ser obviamente la herencia musulmana la distintiva en términos artísticos. Desde la construcción de los elementos cristianos (Capilla Mayor y crucero), la polémica ha acompañado a esta coexistencia (el emperador Carlos I reprochó al obispo Manrique “haber destruido algo único”), si bien opino que es precisamente lo que salvó a la superficie mahometana de su derribo y desmantelamiento. Impresiona el “bosque de columnas” fruto de las sucesivas ampliaciones (al hilo del anterior, a ver si alguien piensa que todos los capiteles fueron esculpidos a propósito para esta ubicación, o que conservaron la basílica de San Vicente). Discusiones aparte, las imágenes hablan por sí solas, sobre todo de la sección de Al-Hakam II: los arcos de herradura (y otros incluso polilobulados), la “qibla” (muro orientado a La Meca en todas salvo en ésta), la “maqsura” (recinto acotado a las autoridades), y el “mihrab” (por evocar la habitación del Profeta y albergar al imán cuando dirige las plegarias, constituye el “sancta sanctórum” del edificio) y su cúpula gallonada. Almanzor prácticamente dobló la capacidad, pero sin conseguir esa belleza. De la parte cristiana, hay que destacar tres apuntes: las soluciones de iluminación de la capilla de Villaviciosa y de la bóveda de Juan de Ochoa, la custodia de Enrique de Arfe (pariente de la de Sevilla) y la sillería del coro (barroca, de Pedro Duque Cornejo). Esta maravilla singular merece una visita, aunque no sea el estilo con el que más conectes.
Sin abandonar el entorno, contemplamos la fachada del antiguo hospital de San Sebastián (del gótico florido) y también por fuera, el Palacio Episcopal y el Seminario.
La puerta del Puente (en obras) está dedicada a Felipe II y estaba rehundida respecto a la cota de la calzada y es en realidad un arco de triunfo. Precede al esplendoroso y con resonancias lorquianas Puente Romano sobre el Guadalquivir, tantas veces reformado y muy frecuentado, a tenor del número de paradas, por seguidores de Saber y Ganar. Al otro lado de río se encuentra la formidable torre de la Calahorra (uso museístico actual).
El atardecer nos sorprendió cruzando, y vislumbramos con tenue luz los sotos (pródigos en aves acuáticas), los molinos y la noria de la Albolafia (desarticulada por orden de Isabel la Católica , cuyo sueño incordiaba; constituye todo un honor compartir los problemas al dormir con la insigne soberana). Retornamos al núcleo histórico por la puerta de Almodóvar, presidida por la estatua de Séneca. Filosofando callejeamos hasta las Caballerizas Reales, cuna del pura sangre español, y soportamos con estoicismo que cerrasen por espectáculo ecuestre, tal que únicamente cabía ver cuadras sin ocupantes.
¿Qué tiene que ver Córdoba con Torres de Montes? Aparte del gracejo (ya que Cruces de Mayo y Festival de los Patios no tenemos), comparten patrón: San Rafael (24 de octubre). Acá, proviene del juramento del arcángel al padre Roelas de custodiar la ciudad (en mi pueblo, del fin de una dañina peste). Rodeamos el Triunfo (monumento al arcángel), que los representa sobre un roquedal con flora y fauna alegóricas de la urbe, repetidas veces, a modo de ritual. Para purificarnos, oímos misa en el convento de San Francisco, en un quiebro de la calle, con muy escasa asistencia, lo que siempre apena.
Os dejo con la cena en Taberna Salinas (naranja con bacalao y cebolla, plato sano a rabiar, y cochifrito, algo seco),
Alberto.
Como ya hemos dejado atrás todo atisbo de empacho, dejo constancia del salmorrejo que nos preparó Cristian (torteta, longaniza, lomo, costillas de cerdo, tortilla de miga y huevos fritos en salsa de tomate) o las patatas con setas y chorizo y las albóndigas en salsa que cocinó mi madre, como muestra de que en Torres la gastronomía de diario no se abandona, lo que hace imprescindible salir todos los días a correr por Las Cambletas.
No por estar tan expuesta y céntrica, deja de ser Biblioteca Nacional una auténtica desconocida. Enterarte de que el libro impreso más antiguo de España es el Sinodal de Aguilafuente (incunable de 1472) o de que la locución latina del título se refiere a la marca de propiedad de un ejemplar, saber qué es el depósito legal, ingresar a las salas de lectura, o escuchar la detenida explicación de su frontispicio son algunas ventajas de la visita guiada, que no se limitó a una descripción, sino que aportó sus propias opiniones. Sin abandonar esta institución, organizaban también una conferencia bajo el rótulo de “Chocolate, miriñaques y contradanzas”, acerca del papel del chocolate en la vida mundana de la España ilustrada, seguida de la reproducción de un “refresco” o “cata de dulces”, servida según un manual cortesano del siglo XVIII. Estaba muy rico, aun menos dulce y con más canela de lo que hubiera preferido, en taza en vez de en jícara, servido con bizcocho de soletilla y pan de Núremberg, y azucarillo disuelto en agua fría.
Sin parecerme a la protagonista de “Dama, dama”, acudí(mos) una espléndida mañana de domingo al Real (añadir “Teatro” a esa denominación hace perder la connotación de habitualidad familiar que pretendo impostar), a un concierto de cámara, con obras de compositores menos renombrados (Blanquer, Ewald, Joplin y Dohnányi), en el que participaban diversas formaciones de viento y cuerda. Aun con localidades de “paraíso” y dentro de la media de altura (el precio posibilita que vayan familias), me pareció una excelente toma de contacto con el recinto, por no hablar de las vistas frontales a Palacio.
Si tenéis curiosidad por el viaje a Córdoba que realicé este otoño, sabed que lo he ido colgando en el blog (www.elveridico.blogspot.es) en lugar de intercalarlo por quincena.
Escasas son las veces en las que voy al cine. Sin embargo, “The King’s Speech” sí que constituía ocasión propicia. Cuenta las dificultades de Jorge VI para vencer su problema de tartamudez, lo que suponía un problema insuperable a la hora de las alocuciones radiadas. Colin Firth sobresale a la hora de dar vida a una persona a la que el trono, para el cual no estaba predestinado, le abrumaba. Además, cuando sale del papel de inglés estirado, provoca hilaridad. Geoffrey Rush, como su profesor de dicción, Guy Pearce, como su disoluto hermano, y Helena Bonham Carter, como su mujer, se muestran eficaces. La cinta se cortó, rompiendo el clímax de la acción, y nos invitarán a otra peli.
De libros nunca se empacha uno (y éste es todo un ejemplar):
- “Los Hermanos Karamazov”, de Fiódor Dostoievski: supongo que crearé polémica al opinar que es un libro excesivamente prolijo y fallido en su concepción. Cuenta las relaciones entre los protagonistas con su padre, dos amantes y un religioso ruso, con mucho protagonismo de la psicología.
Hasta la vista,
Alberto.
Queridos amigos:
La ciudad está orientada al turismo, algo natural en un Patrimonio de la Humanidad , y no es inhabitual cruzarte con coches de caballos o visitantes algo desorientados, si bien con un plano de sobra y voluntad de aclararlos, se soluciona enseguida. En cambio, aun en los actos más íntimos, como un bautizo, se acicalan sobremanera (mi hermano diría que se “maquean”, término infinitamente menos pedante). Dicho sea de paso, quien me acompañaba resistió con holgura todas las comparaciones con la pretendida belleza de las cordobesas. Manolete vuelve a estar presente con su serio busto en la plaza de la Lagunilla , a cargo de Juan de Ávalos (sí, el del Valle de los Caídos, aunque me cierren el blog, porque parece que el aditamento preferido de los socialistas es una mordaza).
El periplo continuó por el convento de San Cayetano, tan cercano y a la vez tan lejano del mundanal ruido. No sé qué tienen los carmelitas descalzos para transmitir una honda espiritualidad, pero me ocurre también con los de mi parroquia habitual (Santa Teresa y San José, en la plaza de España de Madrid). Muy cerca se conserva una chimenea en desuso de la fábrica de aceite Carbonell, y a no mucha distancia de la cual aparece la torre de la Malmuerta, en recuerdo a una desdichada que fue arrojada por sus almenas en un ataque de celos, y que es un vestigio exento de la muralla árabe. Retornamos por la plaza de Colón al hotel para ocupar la habitación, antes por preparar. Sin embargo, una de las servidumbres de esta ciudad es que la escasez de tiempo te deja sin ver rincones que merecen la pena, como el convento de la Merced, sede de la Diputación Provincial , o la iglesia de San Pablo, con su inconfundible cancela entre blancas columnas salomónicas y su Virgen de las Angustias, por poner dos ejemplos del área.
La transición a la zona del río pasaba por el templo romano, del cual se conservan los pilares con capitel corintio, y el Ayuntamiento, que data de la época de Julio Anguita.
Destacaría de Córdoba la sucesión de culturas que produjo una disposición urbanística compleja que lleva a encontrarse a cada paso con ruinas antiquísimas que en otra ciudad estarían hipervaloradas y aquí se ven algo sin la menor importancia. No choca ver restos romanos en plena calle o una placa en honor a los Anneos en medio de una escalerilla. La plaza frente al Museo Arqueológico (la de Jerónimo Páez) me pareció de lo más agradable, un lugar recoleto y al tiempo animado, bajo el cual estaba el teatro romano.
Hicimos caso de las recomendaciones gastronómicas y las agradecemos efusivamente, porque nos pareció extraordinariamente suculento, y eso que nos faltó probar jamón de Los Pedroches. Si pincháis en cada plato, encontraréis su receta. Probamos Casa Pepe de la Judería (berenjenas con miel de caña, salmorejo, mazamorra, “monosabios” de bacalao rebozado y fino de Montilla-Moriles) para hacer acopio de fuerzas ante la tarde que nos aguardaba, y por si se me pegaba algo del pelazo del camarero (recio y tupido).
Otra de las misiones de las crónicas es la didáctica. Por ello, para emplear estas breves líneas antes de describir la mezquita-catedral, expondré sucintamente los caracteres del arte islámico, del cual es un monumento cumbre. La decoración sigue una tendencia anicónica (sin imágenes), con lo cual los motivos se restringen a la epigrafía (versículos del Corán), la lacería (figuras geométricas, como polígonos o estrellas) y el ataurique (vegetales). Además, por las peculiaridades del culto (abluciones y rezos), los templos suelen consistir en un patio y una sala hipóstila (columnas sustentantes de techo bajo).
Agradecido por vuestra atención,
Alberto.
Queridos amigos:
Lugar principalísimo merecen Los Miserables, en el teatro Lope de Vega, de la Gran Vía madrileña. Quienes me conozcáis bien sabréis que la única pega que le puedo poner a la novela es que Víctor Hugo no fuera español, y lo mucho que significa para mí. Si de algo me precio es de haber leído en cantidades ingentes y todavía no he encontrado nada que la supere. Pues bien, el musical es una fenomenal sinopsis de la obra. El original es francés, de Schönberg&Bloubil y Kretzmer. Cuando fui a Londres no me privé de ir a verlo. La producción española conserva sus muchas virtudes. Ni siquiera la traducción resulta forzada y es bastante fiel al inglés. Además, las soluciones escénicas mejoran, haciéndola más espectacular. Las voces son más que dignas, llegando a meritorias. Las pocas pegas que cabe poner es que no plasman todos los matices de los personajes: a Valjean le falta heroísmo, a Javert le sobra fanatismo y Thenadier carece de maldad. La orquestación varía ligeramente respecto a las versiones más usuales, y los temas son cantados con algo menos pausa y convicción (pienso que es la característica esencial que destila el libro) que la aconsejable. No quiero extenderme más, pero citar diversos números es indispensable: “Sale el sol” (“One day more”), el más brillante en cuestión vocal, “La canción del pueblo” (Do you hear the people sing?”), tan heroico, “Soñé una vida” (“I dreamed a dream”), el de Susan Boyle, “Un corazón lleno de amor” (“A heart full of love”), muy romántico, “Sola estoy” (“On my own”), el de la tristeza de Eponine por no verse correspondida, y por mí seguiría uno a uno. Imprescindible.
Toda exposición se hace acreedora a una reseña. “Dalí, Lorca y la Residencia de Estudiantes” en CaixaFórum contiene muchos documentos originales y obras de la época. Su mayor mérito es captar la efervescencia cultural que se estaba viviendo.
El último menú que restaba por ser consignado es el de Reyes en casa de la Niña (mi prima Ana Mari) en Cardeñajimeno: ensaladas de tomate cherry, ventresca de bonito, huevo duro, queso espolvoreado y reducción de Módena (una con salmón ahumado y gulas y otra con “carpaccio” de ternera), pulpo a la gallega, queso curado, salchichón y chorizo ibéricos, foie “mi-cuit”, patés de pescado, erizo y centollo, vinagretas, croquetas de gulas del bosque (hongo que sólo crece en el agua), crema de verdura con boletus y canelones de carne y setas, con roscón de nata y crema y macedonia de yogur, regados por Villarrica reserva Rioja 2004 (botella mágnum) y cavas Call y Castillo de Perelada brut nature 2003. Los solomillos se quedaron en la nevera, por razones evidentísimas.
A fuerza de glosar otras ciudades, la “mía” (dentro de mi condición pluripátrida) suele quedarse rezagada. Burgos inauguró su Museo de la Evolución Humana, por si faltasen razones para acercarse a la “cabeza de Castilla”. El edificio acristalado no concuerda con el entorno, porque es una capital pétrea. El frontal contiene recreaciones de la flora en las épocas de los diferentes poblamientos en esa sierra. Las condiciones geológicas forman el siguiente módulo, para dejar paso a los fósiles de Atapuerca, las grandes estrellas. Contiene una reproducción del Beagle, el barco de Darwin, el padre de esta ciencia, y una sección dedicada al cerebro, motor del progreso como factor diferencial. El otro punto fuerte es la sala con la reproducción a tamaño natural de los homínidos. La información, si uno se detiene, sirve para introducirse en esta disciplina apasionante. Quizá el primer poblador de Europa ya pronunciara el título de hoy: “ahora empiezo”.
Hasta la vista,
Alberto.
Queridos amigos:
Como siempre ocurre ante la perspectiva de relatar (habría que marcarse como objetivo que el Diccionario de la Real Academia Española admitiese “cronicar”, a la vez que “agrosexual”) un nuevo viaje, sufro un bloqueo que únicamente se soluciona si te pones a escribir, aunque no tengas claro ni el principio ni el final, y, mucho menos, el camino.
Por fortuna, el T.A.L.G.O. (patente española) Altaria sí se los sabía y nos dejó en Córdoba casi sin tiempo de tomarnos unas “medias noches” (“medias mañanas” más propiamente) y una magdalena con manzana y tofe. El sol espléndido que nos recibió invitaba a pasear hasta el hotel, muy recomendable en cuanto a habitaciones y limpieza.
Siempre procede una breve introducción histórica. Desde tiempos inmemoriales fue habitada, si bien su despegue se produce por su ubicación junto al Guadalquivir, navegable entonces, que la convierte en encrucijada comercial y puerto para el mineral de Sierra Morena. En época romana sufre suerte desigual, porque entre medias de los impulsos de Claudio Marcelo y Augusto, César destruyó la ciudad (que había apoyado a Pompeyo) y perdió la capitalidad a favor de Hispalis. Tras la conquista musulmana, la relevancia proviene de acoger al superviviente de la dinastía omeya tras la matanza de su familia por parte de los Abbásidas y quien la proclamaría la cabeza de un emirato independiente de Damasco (Abderramán I). Su momento culminante llegaría en el siglo X, con el Califato (Abderramán III) y la construcción de la tan efímera como opulenta Medina Azahara. Con sucesivos gobernantes, iniciaría su declive hasta convertirse en reino de taifa, y a pesar de los intentos de almorávides y almohades por combatir esa relajación y debilidad, acabaría por ser reconquistada en 1236 (Fernando III el Santo).
Nos agradó el carácter de los cordobeses: desde la lotera a cualquier paseante, se esfuerzan por hacerse simpáticos y útiles al viajero. Como no pudimos registrarnos hasta más tarde y los desplazamientos no aconsejaban emprender visitas de mucho calado, la primera caminata recorrió los alrededores de nuestro alojamiento. Ya veis que siempre cuesta arrancar, pero una vez en marcha, (casi) nada osa detenernos. Así pues, con los planos en la mano, nos encontramos de inicio con una muestra de la sorna de sus habitantes, pues la Fuenseca manaba sin incidencias, para deleite de una camada de gatitos que residían al lado. Un leve trecho más nos llevó hasta el Palacio de Viana, si bien no entramos, para no indignarnos ante el contraste, en su tiempo, entre las condiciones de vida de la aristocracia y las de la plebe, y porque la duración de la visita guiada era desproporcionada para nuestra premura. Proseguimos hasta la plaza del Conde de Priego, en la cual se halla el monumento a Manolete, un diestro que dejó huella, y frente al cual el Verídico trazó unas imaginarias portagayolas “ante un toro negro que da miedo ver” y que bien pudiera vaticinar el futuro de la nación española.
Frente a él se encuentra la iglesia de Santa Marina, otra de las llamadas “fernandinas”, para admirar, entre otras, la puerta gótico-mudéjar que da acceso a la capilla de los Orozco y que contiene un escudo de la orden de Calatrava, tan vinculada a nuestra Reconquista. Más arriba de la calle, la congregación de las Esclavas de María posee una capillita en la que estaban rezando sextas las monjas, lo cual puede parecer anacrónico, pero este mundo de hoy sigue teniendo una enorme necesidad de oración y reflexión.
Con este aleccionador colofón, me despido,
Alberto.
Queridos amigos:
En ocasiones, las exposiciones tienen dos partes. Es el caso del de la Pintura de los Reinos. La fracción expuesta en el Palacio Real me pareció más relevante que la del Prado, tanto por nombres (estremecedor Crucificado Expirante, de Zurbarán, sereno Felipe II joven, de Antonio Moro, o complejo Dulcísimo Nombre de María de Cristóbal de Villalpando, el más señero de los novohispanos) como por significación (confrontan varias versiones de un mismo tema pictórico). Me da pie el sentido de la muestra (extensión de las costumbres artísticas en toda la extensión del Imperio Hispánico) para el título (“Ambos son uno”), lema en ciertas monedas españolas que pretende significar la continuidad del poder y el dominio en ambas orillas del Atlántico (más miga: viene de la Carta de San Pablo a los Efesios y lo adoptó la universidad jesuita de Georgetown)
Raphael es sin duda alguna el mayor artista español de todos los tiempos, por longevidad, por voz, por trayectoria, por reinventarse, por interpretación, por versatilidad... Encaja perfectamente aquí la frase de Stendhal (salvando los horarios actuales de escucharla): “La música que gusta por la noche es la que pone el alma en la posición en la cual el amor ya la había puesto durante el día”. Dejando claro quién manda, colocó una tira en los carteles anunciadores antes incluso del estreno: “Agotadas todas las localidades para todas las funciones”. Su traje no lleva bolsillos, porque ya se ha metido allí al público cuando todavía no ha cantado una sola nota. Estructuró el concierto (por el puente de la Purísima ) con tres partes centrales correspondientes con los tres discos de su último trabajo (tango, bolero y ranchera, por este orden y con el fondo adecuado: pavimento bonaerense, farol iberoamericano y reja precolombina), mientras que dejaba la introducción, los interludios y la conclusión para temas de su repertorio más tradicional. Comenzó, sin acompañamiento, explicándonos que “ahora que el tiempo ha pasado / he dejado de lado la competición”, lo que no deja de ser una gran mentira, puesto que se le veía en plena forma. Con ocho excelentes músicos, fue desgranando canciones durante dos horas y media, con absoluto dominio de las letras (lo que no es sencillo, por ejemplo, en “Siglo XX, cambalache” o “Balada para un loco”) y las exhibiciones canoras (tiene predilección por hacerlo sin micrófono en “Para volver a volver”). Choca escuchar “Usted” o bien “En un mundo raro” a un intérprete distinto del usual, si bien lo borda. Eché en falta dos piezas carísimas para mí, como “El Tamborilero” y “Provocación”. Lo compensó con un “Hablemos del amor” y “Yo soy aquel”, por citar nada más dos, sublimes como siempre. El único inconveniente fue una mole delante a la que aplicaría el consejo del rey monje. No hay seis sin siete, espero…
Parece que voy por el camino de inaugurar sección televisiva en las crónicas. Esta vez os tengo que volver a recomendar El Hombre y la Tierra, los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. Si un niño no se emociona viéndolo rescatar a las crías de delfines del Orinoco o un adulto que ama el campo no se pasma ante el capítulo doble sobre la cetrería (aves y perros), ignoro qué montaje audiovisual puede conseguirlo.
Lleva un montón aguardando su turno:
- “Good Wives”, de Louisa May Alcott: la continuación de las biografías de las señoritas March contiene un toque de dramatismo dentro del tono rosa que no las abandona. Sufren por vanidad, por amor o por enfermedades, y así van alcanzando la madurez. El final se demora excesivamente, sin aportar a la trama.
Hasta la semana que viene, Alberto.
Queridos amigos:
Comienza aquí la última etapa de este apasionante viaje, la del lunes. Cubiertos los objetivos principales de la visita, restaba hacer un recorrido-escoba por calles menos transitadas. Procedía también comprar algún recuerdo, ciñéndose a la familia nuclear.
Detrás y en la propia plaza de Figueira se concentran numerosas tiendecitas textiles, con la aquilatada reputación lusa en estas prendas. Además, en la misma rúa Augusta, una tradicional sede del bien vestir lisboeta ofrecía un interesante “rappel” por volumen.
Más de estilo “souvenir” son los corredores en portales anejos a la seo. De allá cogimos, más por ilusión que por necesidad (¿quedaría muy poco varonil calificarlos como “una cucada”?), el tranvía 28, hacia el este. Quizá por esta razón, permanecimos más de la cuenta, y hubimos de volver sobre nuestros pasos. Llegamos incluso al ver la portada de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes (el interior estaba en restauración), que se encuentra alrededor del liceo Passos Manuel. Un portugués con novia española (la mejor forma de aprender idiomas) nos recomendó tardíamente ciertos lugares de interés.
La siguiente iglesia, en la cual esta vez sí entramos, fue la Os Paulistas, cuya imagen de la Virgen de Atocha nos hizo sentir como en casa. Sin abandonar la zona, pasamos frente al Museo de Farmacia, en dirección al mirador de Santa Catalina, donde me tomé la penúltima Superbock al solecito disfrutando de la tranquilidad que a diario desprecio.
Tras fotografiarme frente a otra de las entidades supervisadas (es una inofensiva perversión, y porque no había sucursal del Banco de España), que no era otra que Caixa Geral, anduvimos por la rúa da Rosa, nada majestuosa, todo sea dicho, para proseguir por la rúa Pedro V hasta la plaza del Príncipe Real (con un descomunal cedro “del Busaco”, con ramas dispuestas en forma de parasol). Mirando al árbol se halla el palacio Ribeiro da Cunha, de original estilo neoárabe (quizá sea un oxímoron juntar “original” y “neo” en la misma frase). Por la rúa de la Escuela Politécnica obviamente se llega a la Facultad de Ciencias (detrás del cual se hallan el jardín botánico y el museo de Historia Natural). Viene a dar esa calle en la parada de metro Rato (no precisamente y Figaredo). La rúa do Salitre es empinada hacia abajo y está repletita de micro-casas de comidas.
Nos sentamos a comer en la rúa dos Bacalhoeiros: bacalao “grelhado” y “minhoto” (con láminas de patata frita) para compartir. Por cierto, es el segundo camarero (sí, con O) que me entraba desorejadamente, obviando mi compañía (parece que el calentamiento global que hace que el pescado se desplace a aguas de Noruega cabía extrapolárselo en particular). Ya volviendo, nos llevamos pasteles de Bélem (más propiamente, de crema, por no tratarse de la pastelería original), para “alimentar” el tópico (y nuestra panza). El parque Eduardo VII fue denominado así por la visita de “Bertie”, el de la larga espera (heredero de la reina Victoria, en el trono de 1837 a 1901). Se palpa en cada rincón la anglofilia del país. Las capitales de provincia, para los de Madrid, Madrid, adquiríamos algún rango si había Corte Inglés, y hasta Lisboa lo tiene. Por la premura, dejamos de apreciar los azulejos del pabellón gimnasio Carlos Lopes y hasta corrimos al autobús. El aeropuerto nos deparó un vodevil de puertas (dos cambios sucesivos), que para el muy sufrido pasajero sin derechos es cardiosaludable pero no deja de soliviantarlo en exceso.
Dedico esta serie de crónicas a la preciosidad de cuerpo y de alma que me acompañaba. A todos vosotros, un cariñoso saludo, Alberto.
Queridos amigos:
Seguir Física o Química casi puede considerarse un ejercicio televisivo de inmadurez, masoquismo, falta de crítica o ilusión (de iluso, no de ilusionante), pero la desconexión absoluta con la realidad de los institutos y la dejación completa de pretensiones moralizadoras (más bien todo lo contrario: “ingeniería social” para que parezcan “normales” o “usuales” ciertas situaciones que no lo son) hacen que la considere una serie apreciable, salvando esas puntualizaciones. Además, escuchar frases como la del personaje de David (“¿En verso? Eso es como rapeando, ¿no?”) o de (con mayúscula y singularizando; ella lo vale) La Yoli (“Te hago ese favor, pero no te montes trilogías, ¿eh?”) merece la pena como documento esta vez real de la cultura de nuestros jóvenes.
Como reza el título, “sobre gustos no hay nada escrito”, y me encanta la comida de Navidad en casa: tigres, espárragos de Navarra, bonito con pimientos y huevo duro, lomo ibérico, croquetas, pudin de marisco, puré de gamba, puerro, patata y calabaza, y vieiras gratinadas rellenas de queso, jamón ibérico, langostinos, setas y bechamel, de entrantes, medallones de merluza con langostinos rojos al ajillo y ternasco de Aragón a la brasa como platos principales (ambos; por supuesto, no cabe elegir), todo ello amenizado por cava Blanc de Blancs, champán Duval-Leroy, Barón de Ley Blanco, Montesierra (tinto crianza de Somontano) y vino ecológico, para acabar a los postres con macedonia de yogur, bizcocho con piña, nata montada y chocolate espolvoreado, turrones Toni y María (chocolate, Alicante, Jijona y torta imperial) y bombones “light”.
Aunque hay otras actividades previas, posponer la narración de las vacaciones en Torres de Montes nos pondría casi en Carnaval. Han sido días de relajación rayana en la pereza (renuncié incluso a ir a esquiar por una mezcla entre algo de pereza y un miedo atroz a perniquebrarme). Puedes dormir sin ruidos, sin que nadie te moleste y con la seguridad y confianza de estar en casa (lo de los sueños y pesadillas es cuestión aparte). Hasta jugué al guiñote (y al arrastrado), con alentador desempeño. Algo más usual fue el visionado del desfile de 2010 de Victoria’s Secret (el tío Pi, gran aficionado a la altanería, se lo descarga todos los años y lo ve en compañía de su flamante aguililla de Harris). Para rematar, en Nochevieja cenamos en el pueblo, nos desplazamos a Huesca y vimos a “la secre” y a Luis Carlos (clásicos invariables). Si la segunda canción al llegar al Moe’s es “I want to break free” y la tercera “Rivers of Babylon” (fui a felicitar al pinchadiscos por ese sentido homenaje al muy recientemente fallecido gerifalte, por continuar con el lenguaje cetrero, de Boney M), iba a estar bien sí o sí (me pareció incluso escuchar Johny Techno Ska, de Paco Pil, aparte de los bailables pasodobles, rancheras o salsa). La velada fue de menos a más, y eso que me reconoció bastante gente en el Edén (presentadora de Telearagón incluida) y que Segri reapareció (un pinchazo suyo hubiera supuesto señal palmaria de que se aproxima el fin del mundo).
Muéstrense volúmenes ha ya tiempo leídos.
- “Great Ghost Stories”, de varios autores: no aparecen únicamente fantasmas, sino que habla de lo sobrenatural. Brillan los relatos de Wells (parodia que acaba en tragedia), Pushkin (La Dama de Picas, aprovechado por Chaikovsky), Henry (paradoja de encrucijadas convergentes), Chesterton (abrumadora simpleza deductiva), M.R. James (pinturas que cobran vida propia) o Huxley (enanismo).
Cordialísimos recuerdos,
Alberto.
Queridos amigos:
Ese final tan críptico e íntimo sólo tiene derecho a aclararlo mi señora madre. Dicho esto, la continuación natural de la tarde era el Monumento a los Descubridores. Tres de los representados allá por merecer su espacio en la Historia no han sido citados todavía: Enrique el Navegante, quien fundó en Sagres, junto al Cabo de San Vicente, un polo para el desarrollo de la navegación (arsenal, escuela y centro de cartografía), Bartolomé Díaz (primero en doblar el Cabo de Buena Esperanza, en 1488) y Pedro Álvares Cabral (descubridor del Brasil, en 1500). Tiene forma de carabela que se adentra en el agua, presidida por la espada de la Casa de Avis. Fue creada por Cottinelli Telmo y Leopoldo de Almeida para la Exposición del Mundo Portugués en hierro y cemento y, por lo mucho que gustó, veinte años después se hizo perdurar en piedra. Desde lo alto se divisan el monumento a Cristo Rey, en la orilla opuesta, para dar gracias por la neutralidad del país en la II Guerra Mundial, a semejanza de de Río de Janeiro, una Rosa de los Vientos donada por Sudáfrica para la ocasión y el estadio de Os Belenenses.
El Centro Cultural de Belém es un mamotreto que únicamente aporta desdén, al revés que la plaza de Afonso de Alburquerque, virrey de la India en el siglo XVI, oasis de frescor al que conviene ir provistos de unos heladitos, sensiblemente más baratos que la misma marca en España. Sorprende encontrar un hidroavión en seco en mitad del paseo. A causa de un café-concierto recién comenzado, precisamente con Vivaldi, pudimos admirar sólo una pequeña parte del Museo de Carruajes. El lujo puede epatar, pero la verdadera relevancia histórica estaba en el vehículo en el que se cometió el magnicidio de 1908 contra Manuel I y su hijo Luis Felipe (el rey más efímero de la historia, pues su mandato duró los veinte minutos que sobrevivió a su padre), a manos de radicales de ideología socialista y anarquista. Se ven incluso los orificios de las balas y puede leerse una crónica del suceso en diarios de Madrid. La República sobrevendría a los dos años. Coincidimos con un no muy poblado cambio de guardia en el museo de la Presidencia.
Retornamos a la Plaza del Comercio, al mismísimo lugar del asesinato. Allí nos detuvimos frente al apabullante Arco Triunfal, con estatuas de héroes portugueses (el único no citado es Nuno Álvares Pereira, el “Condestable Santo”, general y monje), las personificaciones del Duero y el Tajo y las alegorías de la Gloria , la Virtud y el Valor.
Nos quitamos la espinita y subimos en el elevador de Santa Justa (neogótico, en hierro), sin desdeñar las vistas del anochecer desde su mirador. A esas horas, lo sensato era pasear por la calle, luego anduvimos hacia las iglesias de Loreto, la Encarnación y los Mártires, sin hacer turismo para no alterar las ceremonias religiosas. Encontramos casi por casualidad el Teatro de San Carlos (no me pude resistir a apuntar que en 1958 debutó el maestro Alfredo Kraus, con tan pletórico desempeño que la ya gran diva María Callas “sugirió” a su representante que no volviese a contratar a alguien que la opacase). Rodeamos las estatuas del poeta y antiguo monje apodado “el Chiado”, quien da nombre a la zona, y de Camoens (entre los escritores que le acompañan no está Gil Vicente, el pionero del teatro ibérico). El ascenso por la rúa Nova da Trindade nos llevó al teatro del mismo nombre y a una plazuela enfrente de San Roque, donde hallamos un restaurante familiar que servía un arroz caldoso con bacalao y una lubina a la brasa muy recomendables. Le debimos de caer estupendamente, porque a la cuarta Sagres invitó él.
Alegre por haber hecho coincidir el final del día con el de la página, os dejo durmiendo (aunque es probable que ya lo estéis, por el sopor que os pueden causar), Alberto.